CONCLUSIÓN
POLÍTICAMENTE ILEGÍTIMA
El mayor capital político del país es el respeto que
siempre ha tenido por la legalidad. Por el normal funcionamiento de las
instituciones- buenas, regulares o malas- previstas en la Constitución y la
ley. En otras palabras, por el Estado de derecho. Para algunos, en
lenguaje peyorativo, somos un país legalista, "santanderista"
Ese apego a la institucionalidad explica porqué han sido
excepcionales entre nosotros los gobiernos de facto. En el siglo XX sólo
tuvimos los de Rafael Reyes y Rojas Pinilla. El primero llegó al poder
conforme a las reglas vigentes en 1904, pero quiso quedarse en Palacio más
tiempo del que esas mismas normas ordenaban. Para lograrlo, las desconoció,
cerró el Congreso y convocó Asamblea Constituyente que le prorrogó por 4
añitos más el período para el que había sido elegido.
Rojas Pinilla conquistó el Palacio de Nariño por las
vías de hecho. Tuvo oportunidad histórica para "legalizar " y
"legitimar " su paso por la Presidencia. La desperdició porque
hizo reformar la Constitución con el propósito de ceñir en su pecho el
tricolor nacional más tiempo del que se necesitaba para que el país
volviera a la normalidad institucional.
Situación parecida a las de Reyes y Rojas es la que crea
el acto legislativo 02 de 2004: adopta reforma constitucional que tiene
nombre propio porque fue hecha a la medida de las aspiraciones del
gobernante de turno, pensando en la elección presidencial del 2006, para lo
cual tenía que cambiar, como en efecto cambió, las reglas de juego del
proceso político en mitad del partido. También deslegitima el ordenamiento
institucional, cuando la coyuntura que vivimos exige lo contrario: relegitimar
las instituciones, porque cada día son más los sectores de opinión
que pierden confianza en ellas y cuestionan su validez, credibilidad y
capacidad integradora, a veces, inclusive, con las armas en la mano.
De la reelección presidencial inmediata aprobada por el
Congreso, a solicitud del Gobierno, importa más su legitimidad que su
legalidad meramente formal (establecer sí se aprobó en ocho debates por
las mayorías que exige la Constitución). Lo que cuenta es determinar su
conformidad con los valores y principios del Estado democrático de
derecho. Que se respeten las reglas de procedimiento propias de los
actos que tramitan las Cámaras no garantiza la legitimidad de las
decisiones que éstas tomen ni el respeto debido al orden institucional de
carácter superior.
Las instituciones le dan forma a las grandes ideas que
soportan la organización y el funcionamiento del Estado, por ejemplo, las
relacionadas con el origen del poder, su separación en ramas u órganos, la
igualdad de condiciones entre quienes aspiren a él, la temporalidad en el
ejercicio de las atribuciones que confiere (rotación democrática), el
imperio de la ley, que obliga particularmente a las autoridades, por lo cual
están sujetas a estrictos y severos controles, y el respeto de las reglas
de juego por parte de todos los actores de la vida pública.
La fuerza moral de las instituciones políticas radica en
su legitimidad y garantiza su vigencia porque es producto de la convicción
que tienen los ciudadanos sobre su necesidad y origen transparente.
Gracias a esa misma legitimidad y validez política, los
gobernados las aceptan como convenientes; comparten comunitariamente las
reglas y prácticas que de ellas hacen parte porque saben que contribuyen al
logro de la convivencia pacífica; y las obedecen, en la inmensa mayoría de
los casos voluntariamente, entre otras razones, porque consideran que sirven
sus propios intereses. Por eso se dice, con razón, que toda "sociedad
necesita crear instituciones".
Nadie es ni puede ser más necesario que las instituciones
Las democracias, organizadas como Estados de derecho, son
los gobiernos de las instituciones, no de los hombres, de las leyes, no de
las personas, por importantes que éstas sean. Por ello los "gobiernos
no deben modificar la Constitución para servir los intereses de una sola
persona" (Kofi Annan).
Con ocasión del debate a que dio lugar la propuesta
reelectoral, analistas extranjeros y nacionales se pronunciaron sobre el
tema de esta manera:
"No estoy de acuerdo con que – en ninguna
circunstancia – se cambie la Constitución para beneficiar a los que ya
están en el poder. Si se promueven cambios en la Carta Política para
reelegir a los que están en el gobierno, se desvirtuaría la esencia misma
de la democracia constitucional" (Arturo Valenzuela, ex asesor del
Presidente Clinton).
"Me parece muy difícil modificar las reglas y que
beneficie a quien está actualmente ejerciendo del poder. El fortalecimiento
institucional, junto con la promesa de mano dura a la guerrilla, fueron las
banderas de la campaña de Álvaro Uribe. El fortalecimiento institucional
empieza por la no modificación de las reglas de juego. Cambiarlas iría en
contra de sus propósitos. Hay en Colombia reglas informales, no
constitucionales, que vienen de mucho tiempo atrás. En estos 60 años se ha
podido comprobar que tanto la personalización como la delegación excesiva
de poder al Presidente no es algo fácilmente realizable ni aceptable.
Personalizar el poder, cambiar las reglas de juego, aumentarían, a mi modo
de ver, la desconfianza política del pueblo colombiano. El costo sería muy
alto porque en lugar de tener un Presidente fortalecido por la reelección,
Colombia tendría durante su segundo mandato, a un presidente debilitado y
en manos de los que aceptaron su reelección" (Daniel Pecaut).
El conocido caricaturista Héctor Osuna, que escribe con
el seudónimo de Lorenzo Madrigal, dijo: "Generalmente en el mesianismo
se piensa que el Mesías es otro. Pero cuando uno mismo se cree Mesías ya
se está endiosando. No entiendo qué le hace creer que a este país solo lo
salva él. La continuidad es importante pero también la alternación de los
nombres para refrescar. Y para evitar que el poder obnubile, como hemos
visto en nuestro vecindario. Lo otro es autocracia… No creo que sacudir la
Constitución, sacudir el árbol para recoger los frutos, sea bueno para
nada. Amén de la polarización y de la figura de un Presidente haciendo
política para reelegirse".
Es también lo que anotan todos los tratadistas. Basta la
cita de algunos : "La fe absoluta en un salvador es un veneno que mata
el constitucionalismo, cuya función originaria es prevenir la libertad
contra los abusos del poder. El constitucionalismo se funda en la
desconfianza generalizada y es, por eso, lo opuesto a la creencia de un
salvador iluminado… los pueblos, que creen en los salvadores, se mueven
entre dos emociones extremas: la entrega esperanzada y la depresión
profunda…(Duhamel, Oliver, y Cepeda, Manuel José, "Las
democracias").
Constitucionalismo republicano
En los sistemas democráticos que paralelamente tienen el
carácter de Estados de derecho, la vida política y el ejercicio de la
función constituyente se someten a principios que tienen el valor de
verdaderas reglas de juego, porque aseguran igualdad ante la ley y
garantizan que los actores del proceso político y el legislador procederán
siempre con la responsabilidad y objetividad que exigen sus delicadas
atribuciones. Esos principios, en unos casos consuetudinarios, en otros,
institucionalizados, son acatados por quienes participan en la vida pública
porque hacen las veces de lo que los ingleses llaman el acuerdo sobre lo
fundamental.
Sin necesidad de acudir a valiosos textos de autores
extranjeros que explican la naturaleza y alcance de esas reglas, el tema, en
lo que tiene que ver con el ejercicio de la función constituyente, se puede
ilustrar con los de quienes entre nosotros también lo han tratado con
lucidez porque han tenido claro que el derecho constitucional debe evitar y
sancionar el ejercicio discrecional del poder. Igualmente que las
Constituciones no se pueden cambiar para complacer las volátiles mayorías
parlamentarias. Tampoco, en los últimos tiempos, para darle gusto a las
encuestas.
Entre esos principios, que son básicos en las
democracias modernas, se destacan los que ya hemos mencionado: no se debe
legislar con nombre propio; conviene tener presente el mediano y largo
plazo; hay que pensar siempre en la situación contraria; y las reglas de
juego no se pueden cambiar en mitad del partido.
Prohibido legislar con nombre propio
Siempre ha sido claro que el legislador constitucional
debe proceder de manera objetiva e impersonal, sin pensar en quienes se
beneficiarán o perjudicarán, con nombre propio, de sus decisiones. Sin que
haya quienes puedan "probarse" la decisión como si fuese un
traje, y pedir que le hagan los ajustes necesarios para que termine
"confeccionado sobre medidas". Los constituyentes de 1886 así lo
advirtieron repetidamente:
- "Lo que ahora resolvamos en materia tan importante
no tiene el carácter de accidental ni se refiere a los actuales
magistrados..."
- "Debemos legislar no para ellos (los magistrados
en funciones) sino para el porvenir oscuro. Yo creo y presumo que todo lo
que aquí se hace anda ajeno a toda consideración personal porque el
constituyente dispone lo conveniente para el país y no para persona
alguna".
- "Al legislador le toca hacer buenas leyes, sean
quienes fueren sus destinatarios o las personas a quienes hayan de
aplicarse".
Para el caso en cuestión, esta regla exigía que la
reelección sólo cobijara a quien fuera elegido después de agotado el
período de quien promovió y aseguro su aprobación, es decir, a partir del
2010.
Era la única manera como el tema se podía discutir sin
afanes, objetiva y desapasionadamente, sin tensionar ni dramatizar la
situación, teniendo en cuenta que lo que se buscaba era un cambio
institucional. También se garantizaba así que la propuesta no obedeciera a
una lógica de partido o de facción porque lo que se definían eran las
reglas de juego electorales que exigen un mínimo de consenso, si no se
quiere afectar la legitimidad del sistema. Proceder, en cambio, como se
procedió, le envió otro mensaje al país: el acto legislativo 02
sustituyó y reemplazó las elecciones del 2006.
Haber olvidado esta regla de oro –no se puede ni debe
legislar con nombre propio- es lo que personalizó el debate. Lo ha
"uribizado", con todas sus consecuencias. Para algunos, la
coyuntura es favorable a la reelección y no se debe desaprovechar. Olvidan
la memorable lección de conocido constitucionalista y politólogo europeo:
las reformas institucionales no deben utilizarse como balón para hacerle
goles al adversario político.
Olvidaron también que la Corte Constitucional, en la
sentencia que dictó para el referendo que se votó en el 2003, recordó que
en los Estados de derecho lo propio es que las reformas constitucionales
estén contenidas en normas abstractas e impersonales.
La personalización de la norma, mala consejera
Cuando los constituyentes han decidido objetivamente,
como es su deber, mediante la adopción de reglas para el futuro, que no se
aplicarán a quienes participen a cualquier título en su expedición, se
han incorporado al ordenamiento disposiciones que no han dado lugar a
controversias inútiles ni perturbado el precario orden institucional del
momento. Tampoco han creado situaciones que alteren la estabilidad
política. Por eso han regido sin problemas. Es el caso de la reelección
autorizada para quienes dejen transcurrir, por lo menos, un período
después de su retiro del poder.
No ha ocurrido lo mismo cuando la decisión se ha
personalizado, porque ha estado de por medio la aspiración de quienes
ejercen el poder y quieren ceñir el tricolor nacional mas tiempo del
permitido. Son los casos de Mosquera, Reyes y Rojas Pinilla. También, el de
Nuñez, con algunos matices, porque conforme a la Constitución del 63 él
no podía ser reelegido, como lo fue, para el período 86-92, ni podía
serlo para período de 6 años, que fue el que se adoptó pensando en su
propio caso.
La necesidad de luchar contra toda forma personal de
ejercicio del poder y de evitar la prolongación de los mandatos populares,
explican los períodos cortos, como el de dos años de la Carta de Rionegro,
y la prohibición de la reelección inmediata que ha regido durante
prácticamente toda la vida republicana del país.
"Clinton no tuvo que modificar las reglas de juego
para volver a aspirar al primer cargo. Allí la posibilidad de la
reelección ya existía desde mucho antes de que él llegase al poder. Lo
que estamos presenciando (en 1996) en los países latinoamericanos es algo
radicalmente distinto: unos Presidentes en ejercicio que imponen reformas
constitucionales con el fin de autorizar su propia reelección. Y para ello
han utilizado toda clase de recursos sutilmente abusivos en el caso de
Menem, y francamente dictatoriales en el caso de Fujimori. Esta forma de
legislar para satisfacer ambiciones personales no puede ser buena para la
democracia" (Eduardo Posada Carbó).
Evitar el inmediatismo
Los constituyentes legislan para hoy, pero también para
mañana y pasado mañana. Así lo pensaron los Delegatarios de 1886 y lo
dijeron de manera expresa:
- "Nuestra resolución se refiere a un tiempo futuro
más o menos largo, pero que creemos no ha de reducirse a 6 ni 12 años, y
de consiguiente debemos pronunciarnos contra los abusos posibles de
ciudadanos cuyos nombres ignoramos y que pudieran mañana, colocados en el
poder, abrigar sentimientos de ambición personal".
- "Esta Constitución no se hace para un período;
debemos presumir que durará largos años y, por tanto, adoptar
disposiciones previsoras que en lo futuro eviten conflictos y
peligros".
- Lo que hay de parte de quienes nos oponemos a la
reelección "es previsión, para evitar en lo futuro conflictos y
dificultades de mucha gravedad".
- "La visión del constituyente legislador debe ir
lejos. No legislemos para hoy ni para mañana solamente, sino también para
mucho después; y no son las circunstancias del momento las que han de
guiarnos al formular los principios que deben regular la vida política de
Colombia".
Este mismo principio enseña también que las
instituciones nuevas no deben aplicarse antes de que la opinión las haya
asimilado, incorporado a su cultura política y hecho suyas. Antes de que
haya transcurrido el período que los juristas latinos llamaban
"vacatio legis".
Fue lo que ocurrió, por ejemplo, con la elección
popular de alcaldes. El acto legislativo No. 1 de 1986, que la ordenó, fue
aprobado por el Congreso a fines de 1985 y sancionado en enero del 86. Como
en ese momento ya se había iniciado el proceso de las elecciones
legislativas y presidenciales de marzo y mayo del 86, Gobierno y Congreso
acordaron que la primera elección de alcaldes no tendría lugar en el 86,
porque esa elección cambiaba las reglas de juego vigentes en la medida en
que introducía un elemento nuevo y desconocido en el país. Esa la razón
jurídica y política para que la elección de alcaldes se aprobara en el 86
con la advertencia expresa de que sólo empezaría a regir en el 88.
Moderación y realismo
Otra máxima, que tal vez no alcanza el valor de
principio, tiene que ver con la moderación y el realismo con que los
legisladores constitucionales del 86 recomendaban proceder y, en efecto,
procedieron. Así lo expresaron algunos de entre ellos, empezando por el
señor Caro:
- " Las buenas leyes son las que se fundan en la
experiencia del pueblo para quien se legisla, y en el conocimiento del
corazón humano. Si discutimos y vamos a dar una Constitución a Colombia,
hagámosla conforme al sentimiento nacional y a nuestra propia
experiencia."
- El legislador debe decidir "en virtud de lo que la
experiencia y la previsión le aconsejen".
Pensar en la situación contraria
Los anglosajones no olvidan la recomendación de
Disraeli: "al legislar, piense en el largo plazo y en la situación
contraria". Por ello hablan del "worse case scenario".
Saben bien que lo que se apruebe para determinadas situaciones y para
determinados actores o personas puede producir resultados distintos de los
que se pretendieron en otras situaciones y en cabeza de otros actores o
personas. Inclusive, perversos y nefastos. En otras palabras: la reelección
también tendrá como destinatarios a quienes la opinión considere malos
gobernantes y serán éstos, precisamente, quienes más buscarán utilizarla
para permanecer en el poder, a través de todos los medios a su alcance,
incluidos los de ley. Con tal de quedarse, si hay necesidad, acudirán al
autoatentado. Es lo que cuentan los medios que se investigó en el caso del
señor Chen Shui Bian, Presidente de Taiwán, reelegido en el 2.004.
En términos más concretos valdría la pena preguntarle
a los reeleccionistas de ahora si su fórmula también serviría para que se
queden 8 años en el poder quienes no fueron ni serán santos de su
devoción.
¿Qué son las reglas de juego?
Son las normas que organizan la vida política, le ponen
orden, la sistematizan y disciplinan, la armonizan y equilibran, la enmarcan
dentro de parámetros y preceptos conocidos. Establecen quiénes son y
pueden ser actores de los procesos políticos, cómo deben desarrollar sus
actividades y qué valores deben respetar. Garantizan que la controversia
ciudadana y su disputa por el poder se cumplan civilizada y pacíficamente,
que no prevalezcan la voluntad y las pretensiones del mas fuerte.
Se definen de manera objetiva e impersonal, sin nombre
propio, porque no deben conceder ventajas a nadie.
Aunque son estables y tienen vocación de permanencia, se
pueden cambiar por quienes estén facultados para hacerlo, conforme a
procedimientos preestablecidos, pero no se pueden ni deben reformar o
cambiar para satisfacer aspiraciones y necesidades personales, por ejemplo,
de los gobernantes de turno y de quienes promuevan, impulsen o impongan las
citadas reformas o cambios.
Son legítimas cuando reúnen las características aquí
resumidas. Por ello gozan de aceptación generalizada y se respetan por
todos los actores políticos, sin tener que acudir a la imposición de las
autoridades ni al uso de la fuerza del Estado en todos los casos.
Ya dijimos que la legitimidad, estabilidad y fuerza moral
de las instituciones – y la Presidencia de la República es una- depende
del respeto que se tenga por las reglas de juego que las regulan. Ese
respeto, además, es el que asegura el imperio de la ley.
Norberto Bobbio precisó gráficamente cuál es y debe
ser su contenido y alcance
"El discurso sobre las reglas de juego es
extremadamente importante y no puede ser eliminado...porque lo que distingue
a los sistemas democráticos de los no democráticos son las reglas de
juego...
"No solamente el hecho de que las tengan... sino el
de que sean mas elaboradas y hayan sido constitucionalizadas...
"Su respeto constituye el fundamento de la
legitimidad de todo el sistema político...
"Las reglas establecen, por ejemplo, quiénes son
los jugadores y cómo deben jugar...
"En ningún juego se permite que uno de los
jugadores solo pueda dar puñetazos y el otro, puñetazos y patadas, que es
lo que algunos quisieran en el debate político..."
Lo anterior es tan abstracto y teórico que para
entenderlo es necesario hacer referencia a situaciones y casos concretos
diciendo que el período presidencial y si hay reelección o no, y, en caso
de que lo haya, bajo que condiciones, hace parte de las reglas de juego. Es
una de las mas importantes de todo el proceso político. Fue cambiada por el
acto legislativo 02 de 2.004 que, tal como aquí se ha dicho repetidamente,
tiene nombre propio.
No se pueden cambiar en mitad del partido
En las democracias organizadas, los partidos, la
ciudadanía y los candidatos a uno u otro destino público, participan en la
vida pública, dentro del marco y conforme a los preceptos de las llamadas
reglas de juego que hacen parte del ordenamiento constitucional y legal.
Esas reglas obligan a quienes intervienen política a cualquier título. Se
definen y establecen con anterioridad a los hechos que regulan. No son
intocables. Se pueden y deben reformar cuando la conveniencia pública
aconseje hacerlo. Pero no se pueden ni deben modificar para favorecer o
perjudicar los intereses de alguien en particular.
Tampoco se deben cambiar sobre la marcha para alterar los
desarrollos de un proceso en curso. Así como no se puede cambiar el número
de asaltos acordados para una pelea de boxeo que empezó a disputarse, ni
decidir que en un partido de fútbol que ya va por la mitad se jueguen tres
tiempos, cada uno de treinta minutos, en vez de dos de 45, tampoco se pueden
adoptar nuevas reglas políticas para satisfacer las pretensiones de uno u
otro de los actores de una campaña que comenzó a cumplirse.
Los cambios que se les hagan sólo pueden regir para el
futuro. Unicamente se deben aplicar a hechos y situaciones que surjan
después de aprobadas las reformas que se ordenen. En el caso concreto de
las reformas constitucionales, después de agotado el período de quienes
las tramitaron y aprobaron y puedan ser sus beneficiarios. No se pueden ni
deben modificar con el propósito de cambiar hechos y situaciones que
empezaron a gobernarse por otras reglas.
Las reformas que se les introduzcan tampoco pueden tener
carácter retroactivo. Con las modificaciones que se les hagan no es
legítimo cambiar los resultados de situaciones antes decididas y definidas.
Fue lo que se intentó en el caso del referendo: modificar el censo
electoral después de que los ciudadanos habían sufragado y las autoridades
divulgado el escrutinio de los votos.
Cuando el cambio tiene nombre propio y se hace con la
intención de "meterle la mano" a un proceso en curso, el sistema
político pierde credibilidad y aceptación. Se deslegitima porque ya no lo
gobiernan reglas objetivas e imparciales. Es "amañado" por sus
propios destinatarios. Sus normas son reemplazadas por disposiciones ad-hoc,
que se toman en función de la coyuntura, sin visión de futuro, con nombre
propio.
El acto legislativo que se comenta cambia las reglas de
juego pocos meses antes de las elecciones del 2006. En Colombia, como en
todas las democracias, los partidos y los candidatos posicionan sus
aspiraciones sobre la base de unas reglas preestablecidas, que la opinión
conoce y los interesados asumen que nadie intentará cambiar sobre las
marcha, o "amañar" como se dice en el argot popular.
Las cambiaron al final
La mayoría de los cambios que la reelección introduce a
las reglas de juego sólo se conocerán en el segundo semestre del 2005,
cuando el país esté a pocos meses de las elecciones presidenciales que
tendrán lugar en mayo de 2006. Ese es el calendario porque, en el mejor de
los casos, el Congreso expedirá antes del 20 de junio de 2005 la ley
estatutaria defina temas como los derechos de oposición, la financiación
de las campañas, el acceso de los candidatos a los medios de comunicación
y el derecho de réplica. Si la aprueba, pasa a revisión de la Corte
Constitucional, tramité que no durará menos de dos meses. La ley
estatutaria se sancionaría, entonces, en septiembre.
Pero si el Congreso no dicta la ley –hipótesis bien
probable porque en menos de 3 meses es casi imposible que las Cámaras la
aprueben- debe expedirla el Consejo de Estado a fines de agosto o principios
de septiembre. Nadie sabe todavía si el texto del Consejo de Estado, por
ser ley estatutaria, debe ser revisado por la Corte Constitucional, trámite
que demoraría aun más el proceso.
Asumiendo de todas maneras que haya ley en el mes de
septiembre, esa ley debe ser reglamentada, en primer lugar, por el Gobierno
que, aunque es parte interesada en el proceso electoral, porque tiene
candidato propio, no podrá declararse impedido pues no hay quien lo
reemplace en el ejercicio de sus funciones. El Consejo Electoral y la
Comisión de Televisión también expedirán algunas normas reglamentarias.
Todo ello sólo ocurrirá en los meses finales del 2005 y comienzos del
2006, o sea cuando la campaña se esté adelantando y se hayan vencido o
estén venciendo términos electorales que son angustiosos porque obligan a
los partidos y candidatos a tomar decisiones que para ellos son importantes.
No es equivocado afirmar, entonces, que a consecuencia de
la reelección se cambiaron las reglas de juego no en la mitad sino al final
del partido; si fuera de fútbol, se diría que durante el segundo tiempo.
Esas nuevas reglas de juego modificarán sustancialmente
la vida política del país. Para empezar por lo obvio, una era la
competencia entre candidatos que estaban en relativa igualdad de
condiciones, y, otra, cuando uno de los aspirantes sea nada menos que el
Presidente de la República que a su investidura oficial agrega la de
candidato a su propia sucesión.
Mientras las nuevas reglas de juego se acaban de
promulgar, la incertidumbre jurídica y política para los actores del
proceso será grande e incidirá en sus determinaciones. No la habrá para
el Presidente, entre otras razones, porque como Jefe de Gobierno, mediante
decretos, precisará las veces que quiera el contenido y alcance de las
reglas que enmarcarán su actuación como candidato. También las podrá
cambiar cuando sus necesidades electorales lo aconsejen. Ningún otro
aspirante tendrá ventaja comparable.
Se deben respetar
La reelección inmediata, ordenada con nombre propio,
compromete la legitimidad del sistema político colombiano. El asunto es
así de claro para propios y extraños. Eduardo Posada Carbó, autorizado
comentarista de estos temas, escribió en 1.996: "Bill Clinton no tuvo
que modificar las reglas de juego para volver a aspirar… la posibilidad de
la reelección existía desde antes de que él llegase al poder. Lo que
estamos presenciando en los citados países latinoamericanos (Argentina,
Perú) es algo radicalmente distinto: unos Presidentes en ejercicio que
imponen reformas constitucionales con el fin de autorizar su propia
reelección. Y para ello han utilizado toda suerte de recursos: sutilmente
abusivos en el caso de Menem, y francamente dictatoriales en el de Fujimori.
Esta forma de legislar para satisfacer aspiraciones personales no puede ser
buena para la democracia".
En visita que realizó a Cartagena, cuando todavía era
Presidente del Gobierno Español, Don José María Aznar afirmó que la
consolidación democrática de un país exige su fortalecimiento
institucional, el que, a su vez, demanda que se respeten las reglas de
juego.
Hasta el ex –presidente boliviano Sánchez Lozada -que
está siendo procesado por la manera como reprimió el alzamiento popular
que lo sacó del poder durante su segundo mandato- se sintió obligado a
decir que Uribe "se está volviendo un caudillo porque éticamente no
pueden cambiar una Constitución (para beneficiarse)… considero que la
fuerza moral de un Presidente está en no tener conflictos de interés.
Agregó, según El Tiempo, que le preocupaba que Colombia cayera en un
caudillismo autoritario, por lo que aconsejó "no buscar la reelección
para el actual gobierno, sino para el próximo".
El escritor peruano Mario Vargas Llosa, interrogado sobre
el particular, fue todavía más directo: "Toda reforma que se haga
sòlo tiene que ser para el futuro, porque sería darle a la
constitucionalidad una precariedad que podría ser muy mal utilizada. Creo
que, incluso, Presidentes populares como Uribe deben respetar las reglas de
juego con las que fueron elegidos".
Y Peter Waldamn, profesor emérito de la Universidad de Augsburg, –Alemania-,
al ser preguntado sobre la incidencia de la reelección en el conflicto,
respondió: "Sería mas elegante que el Presidente hubiese propuesto un
cambio de la Constitución del cual no saque provecho él mismo"
Extravío autoritario
Por razones de distinto orden, la reelección entre
nosotros no constituye envidiable conquista democrática sino perturbador
extravío autoritario. Por ello, antes de aplicarse, empezó a producir los
trastornos políticos y los serios desajustes institucionales que produjo en
ocasiones anteriores.
Así tenía que ocurrir porque puso de presente que
tenemos instituciones tan poco consolidadas que el gobernante de turno las
puede cambiar para satisfacer sus aspiraciones personales. Los partidos
tradicionales tampoco resistieron el vendaval de la reelección. Además,
nuestra incipiente cultura política favorece todavía la personalización
del poder y el caudillismo.
Las consecuencias de este tipo de extravíos son
conocidas en América Latina. Alejandro Gaviria cuenta que en un debate
televisado que sobre la materia tuvieron James Wolfensohn, Presidente del
Banco Mundial, y Douglas North, Premio Nobel de Economía, el moderador
formuló dos preguntas concretas: "¿Qué pasó en Argentina y Brasil?
¿Qué lecciones podemos extraer de sus experiencias recientes?". Sin
mediar un segundo, Douglas North dijo con convicción: "Le voy a contar
una historia. Yo conocía bien al ex presidente Menem. Alguna vez fui a
visitarlo y me dije, Doug, me voy a postular para la reelección.
Pero, ¿cómo?, es ilegal, le dije. No te preocupes, yo puedo cambiar la
ley. Y lo hizo. Cuando uno tiene un ejecutivo tan poderoso que puede
cambiar la ley cuando le estorba, lo que tiene en el fondo es una situación
en la cual la economía depende de los caprichos de los gobernantes. Y eso
es un desastre". Wolfensohn se limitó a decir: "Estoy
completamente de acuerdo, y nuestro enfoque (el del Banco Mundial) ha sido
precisamente tratar de establecer un marco institucional estable".
North terminó el intercambio con algunas frases generales sobre la
importancia del imperio de la ley, el sistema judicial y los derechos de
propiedad. Y en últimas, "de un sistema inmune a la habilidad de una
persona para modificarlo".
Gaviria, que, como se dijo, fue sub-director de
Planeación Nacional con Uribe y asesor económico suyo, en la Casa de
Nariño, remata así su nota de prensa:
"Mucho se ha hablado por estos días de las
consecuencias desastrosas de la no aprobación de la ley de protección al
inversionista, a lo que uno podrá agregar la ausencia, ya inveterada, de
acuerdos bilaterales de inversión extranjera. Pero lo que nadie ha dicho es
que todas esas cosas son irrelevantes si los inversionistas perciben que el
gobernante de turno posee la capacidad (y tiene la intención) de cambiar la
ley a su antojo. Ese es precisamente el punto de Douglas North: los embates
constitucionales por parte del Ejecutivo son fuente de incertidumbre. Y, por
lo tanto, tienen un efecto adverso sobre la inversión. Al menos en el largo
plazo. Quizás en el corto plazo el entusiasmo de la coyuntura esconda las
dificultades de la estructura. Pero, tarde o temprano, se revelarán las
consecuencias adversas del personalismo constitucional. Por ello, cuando el
ministro Botero se queja de la irresponsabilidad del Congreso, manifiesta en
la caída de la ley de protección al inversionista, sus palabras suenan
vacías: al fin de cuentas el Ejecutivo está siendo igualmente
irresponsable. La verdad del cuento es que unos y otros (ejecutivo y
legislativo) parecen empeñados en lo mismo: en graduarnos de una vez por
todas como banana republic. Y a fe que lo están logrando".
Puntillazo a los partidos
A más de las consecuencias anotadas en los campos
económico e institucional, la reelección también ha empezado a tenerlas
en el mundo político. Concretamente en la vida de los partidos
tradicionales.
En el conservatismo empezó a gestarse una nueva
división porque el ex –presidente Pastrana se declaró enemigo del acto
reelectoral que el Directorio Nacional apoyó con entusiasmo y sin reservas.
Quienes conocen la historia de la colectividad azul deben estar recordando
que su última división, que duró varias décadas, salió a flote con
motivo de las aspiraciones reeleccionistas de Ospina Pérez a comienzos de
los años cincuenta del siglo pasado. En ese entonces la crisis conservadora
surgió porque un ex –presidente de ese partido quiso repetir, no de
manera inmediata, sino después de que había trascurrido un período desde
cuando él dejó el mando. Ahora porque un presidente liberal quiere la
inmediata. Situaciones extrañas, a veces paradójicas, tiene la vida
política.
El conservatismo no presentó candidato en las elecciones
presidenciales del 2.002. Apoyó a Uribe. Procedió así, tal vez, porque en
su ánimo pesaba el balance que de la Administración Pastrana hizo Fabio
Echeverri, el hombre fuerte del régimen: el 7 de agosto del 2.002 heredamos
una finca sin agua, con plagas, el granero incendiándose y las vacas con
mastitis.
En el 2.006 probablemente tampoco tendrá candidato
propio porque es reeleccionista. Completará dos períodos sucesivos sin
presentar a uno de los suyos. Por eso el ex –presidente Pastrana ataca a
los directivos de su partido diciéndoles que no se puede cambiar "una
candidatura presidencial por el Seguro Social"
En el caso del Partido Liberal las consecuencias de la
reelección son mas graves, tal vez porque el Presidente militó en sus
filas y dice seguir siendo liberal.
Las causas de la división y crisis liberal son varias y
vienen de tiempo atrás, pero la reelección las ha profundizado y
oficializado tanto que puede decirse que en este momento está comprometida
la supervivencia del liberalismo como partido, entre otras razones, por la
diáspora que la reelección ha causado entre sus dirigentes, militantes y
efectivos. Actualmente existen el oficialismo liberal, que es enemigo de la
reelección, y organizaciones reeleccionistas que desconocen y contestan la
autoridad de la Dirección Nacional que tiene todavía las llaves de la casa
republicana de la calle 36.
Al uribismo de origen liberal, que nadie sabe si tiene
tiquete de regreso a la vieja colectividad, únicamente lo une el culto a la
personalidad. Por eso no logró juntarse en un solo partido y está dividido
en varias organizaciones:
Patria Nueva que se define como centro de estudios, pero
está dedicada exclusivamente a la reelección de Uribe.
Cambio Radical que fundaron los disidentes liberales de
1998 amigos de la candidatura triunfante de Andrés Pastrana y ha servido,
últimamente, para repartir avales de afán a quienes no tienen otro alero
para cobijarse.
"Apertura liberal". Dicen que así podría
llamarse la organización que reúna a los barones electorales que apoyaron
a Uribe en las elecciones del 2.002 con los oficialistas que decidieron
respaldarlo después de que había ganado. Estaría coordinada por el Dr.
Juan Manuel Santos quien hace poco escribió: "en el fondo de este
desorden está la política al menudeo que el propio Presidente se ha
encargado de manejar y establecer. Por razones que ni sus amigos ni sus
enemigos acaban de comprender, Uribe se ha negado sistemáticamente a
organizar la política, no ha querido fortalecer los partidos, no ha dejado
que se una el liberalismo y ni siquiera ha permitido que se organice y
formalice el uribismo".
El Partido Nuevo que afanosamente busca los apoyos y los
votos que le permitan conservar la personería jurídica después de las
elecciones del 2.006.
Políticamente incorrecta
Políticamente correcto para los norteamericanos que
patentaron y pusieron a circular con éxito la expresión es lo que no
ofende la manera de ser y de pensar de los demás. Particularmente lo que no
lesiona los sentimientos de grupos sociales minoritarios, como las
comunidades étnicas. Lo que se diga y haga en sentido contrario es políticamente
incorrecto.
Esos dos conceptos bien pueden trasladarse al campo
político- institucional para decir que es políticamente correcto lo
que respeta las reglas de juego y se hace de acuerdo con ellas, sin buscar
ventajas ni provecho de tipo coyuntural y personal. Y políticamente
incorrecto lo que las desconoce y deslegitima.
Dentro de esta óptica, la reelección inmediata es
políticamente incorrecta. Su aprobación constituye ejemplo de indebida
utilización por parte del Gobierno y el Congreso de la capacidad que tienen
para reformar las reglas de juego porque lo hicieron a favor de quienes
patrocinaron y promovieron la reforma. Otra conclusión debería sacarse de
su decisión si con ella no hubiesen cambiado las reglas de juego en mitad
del partido, si hubiesen previsto expresamente que los efectos de su
iniciativa sólo se producirían en cabeza de quienes fueran elegidos
después de aprobarse, si la hubiesen acompañado de los
"contrapesos" (limitaciones y controles) que exige la
preservación de los valores y principios que configuran un Estado
democrático de derecho.
"Fuego amigo"
Para algunos estos serios reparos constituyen acto de
oposición que no se atreve a decir su nombre, cuando sólo obedecen al
propósito de prender a tiempo las alarmas necesarias para que Colombia siga
siendo ante propios y extraños país que apuesta a su estabilidad
institucional. También son desarrollo de las declaraciones que hizo y la
posición que asumió Álvaro Uribe contra la reelección inmediata de los
gobernantes durante la campaña que lo llevó a la Presidencia. No puede
ocurrir en este caso que las promesas electorales sólo obliguen a los
ciudadanos que votaron por ellas, a quienes estuvieron en el uribismo como
pasajeros en tránsito, y no a quienes ganaron gracias a ellas.
Los reparos a la reelección no tienen nada que ver con
la gestión que ha cumplido Uribe como Presidente ni con su liderazgo frente
a la Nación. Que haya sido buen Presidente para la mayoría de los
colombianos no lo autoriza a cambiar las reglas de juego con nombre propio y
al final del partido. Rafael Reyes y Rojas Pinilla lo hicieron bien en las
etapas iniciales de sus respectivos Gobiernos. Tan bien que el pueblo
quería que continuaran. Por eso asambleas constituyentes dóciles a su
voluntad los "reeligieron". A partir de ese momento se
"tiraron" la tarea que venían cumpliendo, se divorciaron de la
opinión y terminaron ocupando en la historia del país lugar distinto del
que hoy tendrían si no hubiesen oído los cantos de sirena que los
invitaban a quedarse un "tiempito más".
Tampoco tienen que ver esos reparos con el liderazgo del
Presidente Uribe. Lo que ocurre es que frente a quienes quieren que el suyo
sea un liderazgo mesiánico, que comienza por desconocer y cambiar las
reglas de juego, otros consideramos que lo que le conviene al país es un
liderazgo democrático porque no creemos que los hombres puedan ser
superiores a las instituciones.
Por ello, esos reparos deben verse como fuego amigo,
para utilizar expresión de moda.
La reelección no tuvo para sus promotores la dimensión
que por sí tiene: sustancial cambio político- institucional. No le
concedieron esa dimensión y alcance cuando la concibieron ni durante el
trámite del proyecto.
La impulsaron, sobre todo, quienes buscaron conservar y
mejorar sus posiciones políticas, contar con Presidente amigo que los
acompañara en su intención de regresar al Congreso y ampliar la
participación que hoy tienen en el gobierno y la administración. "Fui
yo quien lanzó a la opinión pública y a un grupo de congresistas amigos
la idea de la reforma constitucional para la reelección… Me siento
satisfecho de que se me haya ocurrido la idea de reformar la Constitución
para permitir la reelección inmediata" (Fabio Echeverri Correa).
Procedieron así porque tampoco les interesaba convertir
la reelección en punto de partida de la profunda reforma política que
varias veces se ha ofrecido al país. Si se quería que la reelección
cumpliera los propósitos que le atribuyen sus defensores, tenía que
tramitarse mediante procedimiento políticamente correcto. Mediante
procedimiento que respetara los valores que soportan la legitimidad de las
instituciones. No podía tener carácter retroactivo. Solo debía
autorizarse la de quienes fueran elegidos después de su aprobación. Tenía
que despersonalizarse.
Históricamente equivocada
Al país no le ha ido bien con los períodos
presidenciales largos ni con la reelección, independientemente de que a
esas situaciones haya llegado por vías de hecho o de derecho.
El período que va entre 1810 y 1819 no vale la pena
tenerlo en cuenta para estos efectos porque corresponde a época que
dominaron y monopolizaron los héroes de la Independencia y los primeros
caudillos de la naciente República. Unos y otros olían a pólvora. En
varios casos los campos de batalla y los hechos de guerra reemplazaron los
escenarios políticos y los argumentos.
Mas tarde, durante las primeras décadas republicanas, no
se institucionalizaron debidamente reglas que definieran el origen del
poder, su titularidad y rotación entre quienes pretendían ejercerlo. Fue
época de tanteos y ensayos. El país cambió de Constitución siete veces,
con sorprendentes periodicidad y facilidad: 1821, 1830,1832, 1843,1853,1858
y 1863.
Con la Carta de 1886 empezó nueva era. Las lecciones de
las experiencias anteriores permitieron buscar, seriamente, reglas de juego
estables. Sin embargo, el proceso empezó con período presidencial
demasiado largo para la época (6 años) y, si se quiere ver así, una forma
particular de reelección inmediata (si el titular del cargo renunciaba
dieciocho meses antes de las elecciones podía aspirar). Fue lo que le
permitió a Nuñez ser elegido para doce años consecutivos y ejercer el
poder hegemónicamente por interpuesta persona. Ahí esta una de las causas
de la Guerra de los Mil Días y del primer golpe de Estado del siglo veinte.
Regresamos a la estabilidad institucional con la
razonable reforma de 1910: período de 4 años y reelección no inmediata,
es decir con intermisión de por lo menos un período.
Estas nuevas reglas de juego le dieron estabilidad
política al país en la materia durante prácticamente un siglo. De la
controversia ciudadana no volvió a hacer parte la duración del período
presidencial ni el derecho a regresar a la primera magistratura cuando la
ciudadanía apoyara mayoritariamente a quien así lo pretendiera.
Dicha fórmula causó problemas políticos pero no
institucionales. Ocasionó los primeros con López Pumarejo, porque su
regreso al poder dividió al liberalismo y fue una de las causas de la
derrota del Partido en 1946. Esa misma división surgió en el conservatismo
cuando Ospina Pérez empezó campaña para hacerse reelegir. Al golpe de
Estado de Rojas en el 53 no es ajena la división azul. Una de sus facciones
le sirvió de apoyo al gobierno militar.
También hubo problemas políticos con los intentos
reeleccionistas de Lleras Restrepo y López Michelsen. La división liberal
de las últimas décadas tiene raíces en esas dos aspiraciones.
A manera de resumen puede decirse que durante el último
siglo la reelección de López Pumarejo y los intentos reeleccionistas de
Ospina Pérez, Lleras Restrepo y López Michelsen crearon serios problemas
en el interior de sus partidos y seguramente contribuyeron a las derrotas
que en esos momentos sufrieron el liberalismo y el conservatismo, pero no
causaron ningún trauma ni desajuste de tipo institucional, porque los
candidatos a las reelecciones citadas tramitaron sus aspiraciones de acuerdo
con las reglas de juego vigentes. Ninguno de los ex –Presidentes nombrados
propuso ni intentó cambiarlas para facilitar o asegurar la segunda
oportunidad a que creía tener derecho.
En cambio, fueron serios y graves los problemas
institucionales que ocasionaron las pretensiones de Reyes y Rojas Pinilla.
Guardadas las proporciones debidas, los dos prolongaron su permanencia en el
poder "poniéndole conejo" a las reglas de juego, acomodándolas a
sus propias aspiraciones y necesidades, "personalizándolas".
Ambos borraron con el codo las exitosas gestiones que inicialmente
cumplieron. Los abusos de poder y la corrupción acompañaron sus
"mandatos prolongados". Las "reelecciones" que lograron,
apoyados en su popularidad y en la creencia de que habían
"pacificado" el país y restablecido la concordia, precipitaron su
caída y los obligaron a salir clandestinamente del país.
Las lecciones que dejaron los casos de Reyes y Rojas, de
un lado, y los de López Pumarejo, Ospina Pérez, Lleras Restrepo y López
Michelsen, del otro, también contaron en el ánimo de los constituyentes de
1991 para prohibir la reelección de manera absoluta.
Este somero repaso histórico permite concluir que la
reelección presidencial inmediata cambia radicalmente la historia
constitucional del país. Produjo serios y graves problemas políticos e
institucionales cuando no se manejó con visión de futuro, prevalecieron
los inmediatismos propios de la coyuntura, la decisión se personalizó y
tuvo nombre propio. Se olvidó que las reglas de juego, que son reglas de
oro en todos los sistemas democráticos, deben ser respetadas. Dentro de
otro contexto, lo sucedido es comparable a lo que ahora ocurre con el acto
legislativo 02.
La reforma política sigue en el closet
Nadie controvierte la necesidad y conveniencia de revisar
las normas vigentes sobre duración del período presidencial y reelección
para decidir, por ejemplo, que el primero se amplíe a 5 años y, a la luz
de esa determinación, disponer la hay o no, y, en caso afirmativo, dentro
de cuáles parámetros y con sujeción a qué requisitos. Todas las
inquietudes y propuestas que aparezcan sobre ese y temas conexos, pueden y
deben estudiarse y debatirse juiciosamente.
Pero esa es apenas parte de la gran reforma política
varias veces ofrecida y aplazada. De la gran reforma que le dé contenido y
fuerza a la política y a la participación ciudadana en la vida pública.
Que relegitime las instituciones.
A la Constitución de 1991 se le han hecho en 14 años
tantas reformas -"reformitas" porque ninguna ha sido importante,
salvo, claro esta, la de la reelección, como Enmiendas a la Constitución
de Filadelfia en mas de 200 años. Pero el país no ha sido capaz de hacer
la gran reforma que exigen los cambios volcánicos ocurridos en los tres
últimos lustros.
El debate sobre la reelección debió ser el punto de
partida de esa gran reforma, entre otras razones, porque lo que sobre
reelección se decidiera tenía los efectos propios de verdadero
"dominó constitucional" pues exigía revisar parte apreciable del
ordenamiento político- institucional del país.
Como el debate se redujo al "articulito" que
quería el Gobierno, la reelección, una vez institucionalizada, también
producirá apatía y desinterés. Más de lo mismo pensarán muchos,
inclusive entre quienes consideren bueno lo que se está haciendo. Por fuera
del debate quedó "un aspecto clave para los súbditos a pie: el simple
cansancio de soportar durante ocho largos años la figura de un mismo
Presidente. Cuando el hombre lleve un lustro en el poder, su tono nos
reventará los tímpanos, seremos alérgicos a sus corbatas y sus
muletillas, y su estampa habrá rayado todas las retinas. Nadie podrá
quejarse de que el público busque refugio, intentando reposo… en un
caudillo peor pero opuesto al repitente, que sea su antónimo, el sello de
su cara" (Pascual Gaviria).
Como el Gobierno y sus mayorías en el Congreso tenían
afán en que se decidiera si había reelección o no, lo menos que se podía
pedir era que respetaran las reglas de juego y que el tema se tratara con
puntada de monja y precisión de relojero, porque eran varias las
reglamentaciones constitucionales que se deben cambiar, si se querían
evitar, claro está, los estropicios políticos e institucionales que
históricamente ha producido la reelección en Colombia.
¿Porqué el Congreso debía decidir presionado por la
coyuntura y las circunstancias, sin respeto por las reglas propias de las
democracias organizadas como Estados de derecho? ¿Porqué tenía que
atentar contra la legitimidad del ordenamiento político- institucional?
¿Porqué no recordó que, cuando se ha procedido de esa manera, el país se
ha equivocado en materia grave? ¿Por qué olvida que la continuidad de las
políticas públicas puede conseguirse por medios políticos e
institucionales distintos a la reelección, que no causan ningún trauma?
Fueron preguntas que no encontraron respuesta válida porque sólo
interesaba la coyuntura, la presidencial persona de Álvaro Uribe y las
elecciones del 2.006. Nada más. Tampoco nada menos para quienes tomaron la
decisión.
"La Constitución es lo que los jueces digan que
es"
La conocida máxima del destacado jurista Charles Evans
Hughes que fuera Presidente de la Corte Suprema de Estados Unidos resume
bien el poder de los jueces, particularmente de los tribunales que ejercen
la llamada jurisdicción constitucional.
En desarrollo de tan importante atribución, la Corte
Constitucional decidirá la validez jurídica del acto legislativo 02 de
2.004. Lo hará en derecho. Hará prevalecer la "supremacía e
integridad de la Constitución". Una vez mas sabrá administrar
justicia, como lo ha hecho en todos los asuntos que han sido llevados a su
consideración. Continuar haciendo respetar su condición de conciencia
jurídica de la nación.
Sus fallos han sido y seguirán siendo objeto de
variados, polémicos, encontrados y cuestionadores comentarios. Así
sucederá en relación con todos los demás que profiera. Afortunadamente
para la justicia colombiana, nunca se ha puesto en duda su honestidad y su
independencia..
Por ello son equivocados en materia grave e indebidos los
intentos que se han hecho –o hayan podido hacer- con el propósito de
"direccionar" u "orientar" su fallo sobre la
reelección.
La señora Embajadora de Colombia ante España invitó la
Corte a Madrid con motivo de la visita que el Presidente Uribe debía
realizar a ese país. Obviamente, la Corte no aceptó tan
"desinteresada" invitación.
El ex –alcalde de Bogotá Enrique Peñalosa en
difundidas declaraciones de prensa afirmó que "el Presidente (Uribe)
también está en campaña con los Magistrados de la Corte. Así como la
movió (la reelección) en el Congreso, ahora está moviéndola con los
Magistrados". Infortunadamente el ex –alcalde no concretó sus
declaraciones cuando los periodistas le pidieron que las precisara.
Ganar, ganar y ganar
Pocas personas no suscriben la terminante afirmación del
ex–ministro Fernando Londoño: "el Presidente barre en las urnas a
cualquiera que sea su oponente".
Las razones de esa victoria anunciada son varias. El
orden en que se citan no es el mismo para todos los sectores de opinión. Lo
que importa es que cuentan para que el candidato oficial triunfe, inclusive
desde la primera vuelta.
En materia de seguridad –que sigue siendo la primera
preocupación y necesidad de los colombianos- los logros de los últimos
años son significativos. Especialistas y entendidos en la materia pueden
formularle reparos a la política de seguridad democrática, pero es
innegable que ha sido exitosa, por lo menos en provincia y en las carreteras
porque la inseguridad urbana se ha disparado últimamente. Esa política
tiene nombre propio. Se llama Álvaro Uribe.
El Presidente, además, representa y lidera proyecto
político de derecha para un país que se derechizó por los excesos de la
guerrilla y otros actores ilegales del conflicto.
Con sus llamados consejos comunales o comunitarios, el
Gobierno ha sabido llegar a la Colombia profunda que antes, sólo
excepcionalmente, era visitada por los funcionarios públicos. Así ocurre
sin consideración a los resultados prácticos ni al sabor populista que
tienen, o precisamente por ello porque en política, mas que los favores
recibidos, se agradecen los que se esperan.
El Presidente- candidato, cualquiera que sea, tendrá
siempre a su disposición los instrumentos del Estado y del poder. Acudirá
a todos ellos , porque, como se dijo atrás, no hay norma que lo prohíba ni
autoridad que lo controle eficazmente.
Como si lo anterior fuera poco, Álvaro Uribe ha mostrado
que y sabe hacer política. Es un "amansador de opinión" dice
Diana Sofía Giraldo. A esas calidades agregará como candidato su
condición de Presidente en ejercicio. Como tal sabe para qué es el poder y
cuál, su capacidad multiplicadora.
Tan pronto como fue claro que la reelección era
propuesta oficial y que el Presidente tenía interés en ella, recibió el
apoyo de quienes habían sido declarados opositores suyos o le habían
formulado serios reparos.
El 28 de octubre de 2.003 el Senado de la República en
pleno negó el proyecto reelectoral que fue llevado a su consideración. Ese
mismo Senado, en mayo de 2.004, lo aprobó. Entre una y otra fecha, el
Gobierno hizo saber que era partidario de la reelección de Álvaro Uribe.
Más de veinte distinguidos senadores, por esa elemental pero poderosa
razón, cambiaron de opinión y de voto.
Durante la primera vuelta, en la Comisión Primera de la
Cámara, el proyecto salió con forceps. El Gobierno pagó elevado peaje
pero lo sacó adelante. Consiguió que se aprobara por la mitad mas… un
volteado. Yidis y Teodolindo, por si uno de los dos fallaba. En la segunda
vuelta, las mayorías a favor del proyecto aumentaron en esa Comisión y el
resto del Congreso.
Después de aprobada, la reelección ha recibido el apoyo
de quienes lo criticaron. "Hay que saber perder" argumentan
quienes a lo mejor lamentan haber sido tímidos opositores. A medida que
avance la campaña, también se subirán al carro de la victoria la mayoría
de las maquinarias políticas. "Si en un principio había quienes se
oponían y ahora esos mismos la aprueban, sus motivos son nobles: han visto
la luz" (Antonio Caballero).
Uribe ganará, entonces, porque tiene todo a su favor: el
poder, los gringos, el gran capital con los cacaos a la cabeza, la
televisión oficial y privada, el presupuesto, los medios. Del candidato de
la oposición, si lo hay, se dirá en cambio, que representa el clientelismo
populista, la guerrilla y/o sus reinsertados, la izquierda radical. Si otros
aspirantes quienes parecerse a Uribe, los electores dirán que, en vez de la
copia, prefieren el original.
Autodefensas y reelección
Darle continuidad a la política de seguridad
democrática es el argumento mayor –por no decir único- de los
reeleccionistas. Como dentro de los logros de esa política figuran las
negociaciones de paz que el Gobierno adelanta con las Autodefensas y éstas
han dicho que, una vez reinsertadas, participarán abiertamente en la vida
política del país, es explicable que a las AUC, por esas y otras razones
más, interese la reelección presidencial.
El Nuevo Siglo (feb. 28 de 2005) publicó las grabaciones
de algunas de las conversaciones que los comandantes de las Autodefensas
sostuvieron con el Comisionado de Paz. En ellas expresamente aparece la
reelección. Los comandantes piden que se preserve y defienda el proceso que
con ellos se cumple porque "en esta nueva coyuntura la brújula va a
ser la reelección y atacando este proceso se ataca la reelección del
Presidente Uribe… nosotros estamos creyendo en la palabra de un solo
hombre… si nosotros tuviéramos la seguridad que la reelección es un
hecho… (el proceso) no solo camina, sino que vuela". Agregan que las
capturas ordenadas contra jefes paras dentro de las investigaciones
adelantadas contra algunas Administradoras del Régimen Subsidiado (A R S)
son "un ataque a la reelección". También le preguntan al Dr.
Luis Carlos Restrepo si "el Gobierno se sentiría ilegitimo" en
caso de que "nosotros (las autodefensas) impulsemos la reelección
desde nuestras zonas".
La extradición hace igualmente parte de esas grabaciones
y se vincula, por razones obvias, a la reelección. En la mesa de
conversaciones saben si un Presidente –en este caso Uribe- niega una
extradición, quien lo reemplace, puede concederla ante la insistencia de
Estados Unidos. Por eso Mancuso se pregunta qué pasará cuando termine el
período del Presidente actual y venga otro que diga "Uribe no los
extraditó pero yo no voy a mamarme esa gente de los Estados Unidos
presionándome". Pide, por ello, que el problema no sólo se solucione
"temporalmente, mientras el señor Presidente sea Presidente de la
República ", sino que "lo arreglemos de raíz con el Gobierno de
Estados Unidos". Otro comandante -Jorge 40- opina que como el asunto
está en manos del Ejecutivo hay que "reelegir al Presidente".
Después de las conversaciones citadas, cuando
solicitaron ser oídas en el relación con el proyecto de ley llamado de
alternatividad penal, las Autodefensas volvieron a decir, esta vez mediante
comunicado profusamente divulgado, que a los enemigos del proceso de paz con
ellas los mueven su odios y animadversaciones "contra la
reelección" y que algunas de las iniciativas llevadas al Congreso lo
que buscan es "asestarle un puñalada matrera a la reelección
presidencial".
Proceso de paz con las AUC hace parte de la campaña
reeleccionista
Como lo advierte Pedro Medellín, el país "no
quiere asumir que, desde hace años, el control territorial de la guerrilla
y los paramilitares ha significado control sobre las decisiones de los
votantes… ellos definen quién es candidato y por quién se debe votar…
eso implica que las elecciones no sean competitivas. Es decir, que los
candidatos no pueden aspirar a ser electos en igualdad de condiciones. Nadie
quiere considerar el peso que tiene el poder electoral de los grupos armados
en una negociación de paz, ni el poder político que le otorga al
Presidente el tener a mano un instrumento como la extradición. Tampoco se
quiere asumir que en las zonas controladas por los grupos armados, las
sociedades viven amedrentadas y las dirigencias políticas
acorraladas".
Es lo que sostiene Andrés Pastrana después de advertir
que "el paramilitarismo, con sus dineros, sus armas y sus condiciones
políticas puede inclinar la balanza electoral" porque controla
"el 35% del Congreso, 300 municipios, el 40% de las exportaciones de
droga, un alto porcentaje de las tierras cultivables y temibles ejércitos
privados".
Bajo tales supuestos, se preguntó el ex -presidente sí
es lícito negociar con tal poder electoral mientras la cabeza negociadora
está en trance electoral, si ello constituye simple interferencia o
flagrante incompatibilidad y si en esas condiciones se pueden dar garantías
plenas de igualdad para participar en unas elecciones. Agregó: "A la
reelección inmediata se le ha señalado, desde su concepción y por todos
los medios, una extensa gama de incompatibilidades. Sin embargo, su
incompatibilidad con un proceso o pacto de paz repercute en dos ámbitos
esenciales a la supervivencia misma de nuestra democracia: el proceso de paz
y el proceso electoral. Mientras proceso de paz, poder político paramilitar
y elecciones no se deslinden, se cierra el espacio a la generosidad
necesaria que se requiere para sanar heridas. Y se abre el espacio a la
suspicacia, riesgo al que no se puede exponer la democracia representativa.
Hacia el futuro contemplo, inquieto, la mella a la transparencia de
cualquier proceso de paz y de la misma democracia que implicaría el
envolvimiento del Jefe de Estado, garante como debería ser del equilibrio,
en un proceso electoral inmediato, en el que tendrían tanto peso los hoy
poderosos interlocutores en las mesas de paz que debemos despojar de
suspicacias y envolver en transparencia".
Terminó diciendo que "en aras de perseguir la
seguridad, no podemos permitir que se resquebrajen otros valores esenciales
de nuestra sociedad y nuestras creencias, como lo son la democracia y la
igualdad….(porque) como dijo el gran Benjamín Franklin: quienes son
capaces de renunciar a la libertad esencial a cambio de una pequeña
seguridad transitoria, no son merecedores ni de la libertad ni de la
seguridad".
López Michelsen piensa lo mismo: "los paramilitares
van a desempeñar papel capital en la reelección de Uribe, sin escrúpulos,
amenazando gente".
Acto de lucidez política
¿Cómo oponerse y contestar democráticamente la
reelección? Votando en blanco. En esta coyuntura el voto en blanco es un
acto de desobediencia civil en el campo político que convierte la
participación electoral en acto pacífico de protesta, rechazo, censura y
castigo a quienes, en vez de hacer la reforma política que ofrecieron, con
la reelección pusieron en marcha verdadera contrarreforma política.
El voto en blanco es comparable a la resistencia
pacífica de los indígenas. Es útil y eficaz. La Constitución colombiana
es, tal vez, la única en el mundo que (1) ordena repetir la votación si el
voto en blanco fue "mayoría en relación con los votos válidos";
(2) prohíbe que en la segunda oportunidad se presenten como candidatos
quienes lo fueron en la primera; y (3) dispone que lo anterior rija en las
elecciones que se celebren para alcaldes, ediles, concejales, gobernadores,
diputados, congresistas y Presidente de la República.
Por eso, si en la primera vuelta de las presidenciales
del 2.006, el voto en blanco es mayoritario, se produce un terremoto
político, o verdadera revolución electoral: el pueblo en las urnas,
pacífica y democráticamente, habrá votado contra la reelección como
institución y la habrá derrotado políticamente, porque le dio a las
elecciones el alcance que hubiera tenido un referendo derogatorio o
revocatorio del acto legislativo 02 de 2.004.
También querrá decir que el pueblo ordenó la
convocatoria de nuevas elecciones sin la presencia de un candidato, el
Presidente en funciones, que rompe la igualdad de condiciones y el
equilibrio que debe haber entre los aspirantes, o sea de elecciones en las
que se respeten las garantías propias de los regímenes democráticos.
En vez de votar contra Uribe haciéndolo por otro
candidato, es más efectivo votar en blanco, así como fue útil abstenerse
cuando el referendo. Votar por cualquiera de los candidatos legítima y
valida la reelección. Le hace el juego al sistema. Sus partidarios podrán
decir que hubo pluralismo y democracia.
El texto constitucional que hace eficaz el voto en blanco
es poco conocido (acto legislativo 01 de 2.003). Rigió por primera vez en
las pasadas elecciones de alcaldes y gobernadores. Ni las autoridades
electorales, ni los partidos, ni los medios han divulgado su contenido y
alcance. Sin embargo, triunfó en dos municipios de Cundinamarca (Cabrera y
Susa) Y mas del 25 y el 30%, respectivamente, de los electores del Magdalena
y el Cesar rechazó con su voto en blanco las candidaturas únicas para las
Gobernaciones de esos Departamentos. En Valledupar, en esas mismas
elecciones, perdió por apenas 1.600 votos (40.000 en blanco contra 41.600
por el candidato único a la Gobernación). En las elecciones legislativas
ha venido creciendo. Pasó de 148.307 votos en 1.994 y 362.860 en 1998, a
454.740 en el 2.002.
El papel de la oposición
Si estuviéramos en Dinamarca, todo el anti-
reeleccionismo escogería candidato único y lo enfrentaría al Presidente
en campaña. Pero como estamos en Cundinamarca, no habrá ese candidato de
unidad.
No lo habrá porque la oposición (básicamente el
liberalismo oficialista y el polo democrático) se "enredarán" en
la escogencia del candidato que la represente. Conociendo la vida política
colombiana y las distancias, celos y diferencias que separan los distintos
sectores y tendencias de la izquierda, no es difícil prever que saldrá
"desgastada" y fraccionada del proceso que adelante para la
consecución de ese candidato. Lograr la unidad en torno de la abstención
que exigía el referéndum no era difícil. Juntarse alrededor de un
candidato es casi que imposible. Habrá no menos de dos candidatos de
oposición cuando la ilegitimidad de la reelección se demostraría aún
más si hubiese candidato único sobre el tapete: el oficial.
Además, se inscribirán candidatos distintos del liberal
y el del polo. Lo harán por razones múltiples: libido de linotipo
(figuración en los medios), reembolso de gastos electorales, deseo de
enturnarse para el 2.010, creencia de que su partido desaparece si no tiene
candidato propio, servirle de comodín al gobierno o deseo de validar la
reelección de esa manera. Ninguno de todos esos candidatos tendrá opción
real y cierta de triunfo por las razones que atrás se expusieron.
Frente a panorama tan desolador, a quienes no somos
partidarios de la reelección, porque la encontramos ilegítima e
inconveniente, también a quienes se oponen a ella por otro tipo de razones,
corresponde denunciarla en las urnas votando en blanco, lo cual no quiere
decir que asuman una posición negativa, ni de indiferencia, sino
propositiva, porque, como luego se dirá, el voto en blanco debe hacer parte
del proyecto político que es necesario estructurar frente a la
desinstitucionalización y el desmonte de la Carta del 91 que están en
curso.
Lo primero que debe hacer la oposición es elegir en las
parlamentarias de marzo del 2.006 una bancada respetable y seria que ejerza
responsablemente las funciones legislativas y de control político que le
permitan (1) cumplir la misión histórica del próximo Congreso Nacional:
defender y mejorar el Estado democrático de derecho y (2) convertirse en
alternativa de poder, porque hoy no lo es. Su escenario para estos efectos
es el Congreso y no la derrota que sufra con uno o dos candidatos en las
presidenciales.
Lo segundo es participar activamente en las
presidenciales de mayo, sin candidato, defendiendo el voto en blanco,
invitando a votar así a quienes no sean partidarios de la reelección por
razones de tipo político- institucional, a quienes no hayan inscrito
candidato porque encontraron que la competición no era democrática y a
quienes tengan reparos políticos o personales a los candidatos inscritos,
incluido obviamente el Presidente –candidato.
La participación política en las democracias modernas
no se ejerce exclusivamente a través de los mecanismos propios de los
procesos electorales. Y dentro de éstos, la única opción no es la de
votar por las listas y candidatos que reclaman el favor popular. También
están el voto en blanco y la abstención activa que es eficaz cuando el
ordenamiento exige un umbral para la validez del acto de que se trate, como
ocurrió en el caso del referendo.
No es desvarío electoral
Votar en blanco no constituye, entonces, delirio
politico. A pesar de que no se han divulgado las normas que le otorgan
eficacia política y jurídica, el pueblo, que entiende más y es más
inteligente de lo piensan los reeleccionistas, ha empezado a valorar su
contenido y alcances. Ya sabe hacer uso del poco usado sentido común. No
dejará que le mamen gallo una vez más. Tendrá oído sordo frente a los
discursos caza votos y los programas atrapamoscas. El voto en blanco
constituye no rotundo a la reelección como institución. También
arma política de destrucción masiva porque con el, simultáneamente,
pueden "morir" varios candidatos y sus maquinarias.
Triunfar con el voto en blanco representa esperanza
político-electoral contra la que no se puede atentar porque, como dijo
alguien, los únicos pecados que no se perdonan ni tienen redención son los
que se cometen los deseos y pretensiones de quienes son audaces y muestran
valor político.
Como es lo que mas le duele al establecimiento,
antiguo y nuevo, lo que menos sirve sus intereses, empezando porque
consideran que una alta votación en blanco le hace perder, o, por lo menos
le resta legitimidad a sus elegidos, lo van a descalificar, diabolizar y
satanizar. Dirán que sus partidarios son "cobardes
políticamente", inclusive, que son aliados del terrorismo, o que
juegan a la desestabilización institucional. También acudirán a la
extorsión política (reparto de auxilios y almojábanas).
Si la oposición considera que sumada podría ganar, pero
que no se dan las condiciones que le permitan escoger un solo candidato,
también debe votar en blanco porque con esa mayoría puede conseguir que se
repitan las elecciones y convertir ese primer triunfo en el punto de partida
para la consecución del candidato de unidad con el que ganaría la
Presidencia.
En cualquiera de las hipótesis planteadas si el voto en
blanco no triunfa se habrá denunciado con él la ilegitimidad de la
reelección, asumido posición política responsable y hecho ejercicio
válido para el tercer paso que debe dar si quiere ser alternativa seria de
poder: ganar las elecciones departamentales y municipales del 2.007.
La crisis de los partidos tradicionales tiene una de sus
causas en el hecho de que abandonaron los temas regionales y locales, les
concedieron poca importancia, creyeron que ocuparse de ellos era
congestionar su agenda con asuntos de carácter menor, cuando su importancia
es cada día mayor en los campos político, económico y social. Recuperar
esos espacios abandonados, darles contenido y proyectarlos tiene que hacer
parte del proyecto político post-reeleccionista.
Sobre esos tres pilares –elección de respetable
bancada parlamentaria en las legislativas del 2.006, voto en blanco en las
presidenciales del mismo año y sólida implantación en las departamentales
y municipales del 2.007- conviene construir el proyecto político que
permita competir en igualdad de condiciones en el 2.010. También, el muro
de contención a las aspiraciones continuistas que pueden repetirse dentro
de 4 años. Casos se han visto. Para todo hay que estar preparados.
Ejercer el deber electoral votando en blanco con
"disciplina cívica y devoción religiosa" es la obligación de
quienes tengan la audacia y el valor de rebelarse políticamente contra la
reelección y asuman el propósito de derrotarla antes de que produzca todos
los estragos que históricamente ha producido en el país. Tenía razón
Saramago cuando dijo: "si yo fuera colombiano y tuviera la ocasión de
votar, votaría en blanco"