IV
LOS COSTOS DE LA REELECCIÓN
Los costos que tiene y los estragos que produce son
varios y de distinta naturaleza. Los tiene y los produce desde antes de que
se formalice la aspiración del jefe de gobierno a repetir. Desde cuando
decide hacerlo que, normalmente, es cuando se posesiona para el primer
período. A veces, antes. A partir de ese momento se abre la Caja de Pandora
de la reelección.
Su primera, pero no única, gran consecuencia es que el
Presidente deja de ser el Primer Magistrado de la Nación y se convierte,
como dice Alberto Aguirre, en "El candidato, el Único, el Unigénito,
el Elegido". Su candidatura, obviamente, orienta y direcciona toda la
gestión oficial, todos los programas y proyectos del Gobierno. Es natural
que así ocurra.
Además, la reelección es contagiosa. Mediante decreto
2082 de 2004 se autorizó la reelección indefinida de los presidentes de
las juntas directivas de las cámaras de comercio. Antes sólo se permitía
la reelección mediata. El primer beneficiario de la nueva norma fue el
consejero presidencial Fabio Echeverri, quien únicamente podía presidir la
junta de la Cámara de Comercio de Bogotá hasta el 30 de junio de 2004. Dos
días antes, el 28, el Gobierno dictó el decreto que permitió reelegirlo.
¿ Magistrado o candidato?
¿Qué le conviene más al país, a sus instituciones
políticas, a sus formas democráticas y a su Estado de derecho? ¿Que el
Presidente conserve la condición de Primer Magistrado de la Nación, que
durante mucho tiempo le otorgó la Constitución, y tiene todavía en la
conciencia de los colombianos, o que abandone ese carácter ,y, mientras
ejerce el cargo, intervenga en política, haga campaña a favor suyo, e
invite a sus compatriotas a votar para que él siga portando el tricolor
nacional durante 4 años mas?
Las Constituciones Provinciales de Tunja (1811),
Antioquia (1812) y Mariquita (1815) y las nacionales de 1830, 1853, 1858 y
1863 le dieron al Presidente el título de Magistrado. El Libertador, en los
decretos que firmaba, también ponía de presente esa condición. Todavía,
cuando se hace referencia al Presidente, se habla del Primer Magistrado de
la Nación. Esa imagen tampoco ha desaparecido del lenguaje oficial y
protocolario.
Es la idea que sirve de fundamento al artículo 188 de la
Constitución vigente: "El Presidente de la República simboliza la
unidad nacional y al jurar el cumplimiento de la Constitución y de las
leyes, se obliga a garantizar los derechos y libertades de todos los
colombianos" (subrayas fuera de texto).
La condición de Magistrado imprime carácter. Infunde
respeto. Es sinónimo de jerarquía y rango. Honra a quien la ostenta.
También genera responsabilidades. Por eso debe garantizar los derechos y
libertades de todos los colombianos, no únicamente los de quienes votaron
por él o lo harán para un segundo período.
También trasmite otra imagen. La del juez supremo que
está por encima de las controversias que dividen la opinión y no tiene
interés alguno en la escogencia de quien debe reemplazarlo. No pretende
sucederse a si mismo, ni ser su propio sucesor. Se comporta como juez
imparcial del proceso electoral. Arbitra, no juega el partido. No cambia las
reglas a su favor porque no juega sucio ni lo hace con cartas marcadas.
El Primer Magistrado, entre nosotros, es la máxima y mas
respetable autoridad del Estado. De él pensamos, guardadas las
proporciones, lo que piensan en Estados Unidos de su propio Presidente:
"interpreta la conciencia del pueblo, sus mas sinceras convicciones,
mientras que el Congreso representa sus apetitos y ambiciones".
Cuando el Presidente asume la condición de candidato,
porque pretende la reelección, deja de representar a todos los colombianos.
Deja de ser Magistrado y se convierte en el primer candidato o en
candidato único. Seguramente representa las mayorías –para conseguirlo
ha ejercido el poder durante 4 años- pero no simboliza la unidad nacional.
Deja de ser guardián de los derechos y libertades de todos sus compatriotas
porque, políticamente, no todos ellos tienen el mismo valor y significado
para él. Quienes no hagan parte de su campaña ni compartan su proyecto
político, serán adversarios, amigos de la contraparte, si la hay, con
quienes hasta las relaciones personales, si existían, se volverán tensas.
Difícilmente él y sus mas cercanos colaboradores no caerán en la
tentación de utilizar – así sea sutilmente- el poder del Estado con
fines electorales. La sombra de su aspiración impedirá al Presidente en
funciones gobernar imparcialmente. Repetidas experiencias históricas así
lo prueban. Por ello la reelección ha tenido más enemigos que partidarios
y casi siempre se ha prohibido.
"La razón irrefutable de esa prohibición fundada
en la experiencia tanto como en el buen sentido, es obvia: el jefe del
gobierno tiene en sus manos la fuerza pública, todo el vasto tren de
empleados administrativos, y cuantos medios de influencia y aun de presión
y soborno pueden ser empleados para obtener la reelección inmediata. Y es
claro que semejante reelección, no solamente no significa la verdadera
opinión y confianza de los electores, sino que es ocasionada a los más
graves actos de intimidación y corrupción del Estado, y mil perniciosas
contingencias en el gobierno y administración. Baste decir que son
fenomenales los ejemplos de presidentes que, siendo reelegibles
inmediatamente, no hayan sido reelectos; mientras que son pocos los que,
después de transcurrido un período presidencial, obtienen libremente la
reelección" (José María Samper).
El país prefiere, sin duda, en el Solio de Bolívar un
magistrado y no un candidato que participe en la confrontación política
como aspirante al máximo cargo de la Nación.
Cuando Marco Fidel Suárez -sin ser candidato- polemizó
con Laureano Gómez, éste escribió: "No me fastidia que el señor
Presidente quiera entrar a la agria batalla de la prensa con no disimulada
combatividad; que se desnude de la augusta clámide de la primera
investidura republicana para bajar a la candente arena de los gladiadores a
dar, pero también a recibir, golpes tremendos. Padecerá con ello la
majestad de la República y sufrirá necesaria y forzosa mengua el respeto
debido a quien lleva sobre el pecho la insignia de Colombia. Lo que no es
aceptable es que esa labor se verifique aprovechando la posición oficial
para obtener una ventaja sobre los posibles y buscados contendores, que se
empleen los elementos y materiales de propiedad del Estado, que se compran
con los dineros públicos para el servicio general, en propaganda y
campañas que a ese ejercicio son ajenos".
El tono de lo que será la próxima campaña presidencial
lo adelantó su consejero Fabio Echeverri cuando dijo ante los periodistas
que Álvaro Uribe no había sido agresivo ni pugnaz en las declaraciones que
había concedido a una cadena radial: "Lo vi normal. Lo que pasa es que
no están acostumbrados a que la gente defienda sus tesis. Por el hecho de
ser Presidente, ¿él deja de ser macho, deja de ser hombre, deja de ser
señor y deja de ser ciudadano? Mejor dicho, tiene la obligación de no
dejarse calumniar o faltar al respeto".
Cambiaron la agenda y las prioridades
Durante la campaña y el primer año de su gobierno,
Álvaro Uribe habló de la necesidad de una gran reforma política
(congreso unicameral, federalización, partidos, financiación de campañas,
sistema electoral). El tema desapareció a partir del momento en que la
reelección salió del closet.
Lo mismo ocurrió con las grandes reformas que se
anunciaron a la administración de justicia. Ni siquiera han sido llevadas a
consideración de las Cámaras. El Gobierno seguramente espera que la Corte
Constitucional decida la suerte final de la reelección. Una vez que esto
haya ocurrido, volverá a hablarse de cambios que tienen en los recortes al
control de la constitucionalidad su pieza maestra.
La reelección también desplazó en la agenda y
prioridades legislativas, entre otros, los proyectos sobre alternatividad
penal (marco jurídico para la negociación con los paramilitares) y
pensiones (que quedó en mitad de camino).
Amigos cercanos del gobierno, como el Presidente de
Fedesarrollo, advirtieron el mismo hecho en relación con otro tipo de
iniciativas: "se requiere con urgencia retomar los temas de la reforma
laboral y la reforma tributaria, proyectos que en el primer semestre del
año (2004) la administración Uribe dejó de lado para concentrarse en
sacar adelante la reelección".
Juan Manuel Santos también fue directo: "la
reelección desplaza los otros temas importantes de la agenda pública, y al
mismo tiempo cambia el referente de todas las acciones del Gobierno: muchos
ya no verán al Presidente trabajando, trabajando y trabajando, sino
reeligiéndote y reeligiéndose, a toda costa. El primer damnificado de todo
este cambio de percepción será el Gobierno y el propio Presidente".
Nuevo clientelismo
La lucha contra la politiquería y la corrupción fue
bandera central de la campaña de Uribe. Desapareció ante la necesidad de
conseguir que el Congreso, con forceps, sacara adelante la reelección. Son
varios los testimonios que así lo confirman.
"El país percibió que en aras de que la
reelección pasara en el Congreso, el gobierno estaba repartiendo puestos a
diestra y siniestra a los parlamentarios. Escándalos como el cambio
repentino de Yidis Medina y Teodolindo Avendaño, quienes salvaron el
proyecto en la comisión primera de la Cámara; la denuncias de los
nombramientos a familiares de parlamentarios en el servicio exterior o la
puja de algunos congresistas por instituciones claves para el desarrollo
económico como el Invías o Findeter, fueron señales de que la anunciada
revolución en las relaciones entre el poder ejecutivo y el legislativo
quedó a medio camino. Allí no sólo el presidente Uribe sino el país
perdieron la oportunidad histórica de golpear una de las principales
fuentes de corrupción".(Larisa Pizano)
María Isabel Rueda escribió que el 2004 fue un mal año
para el Presidente Uribe porque "la reelección con todas sus pestes
permitió que lo acusaran de puestero y de repartir auxilios, algo que hace
un año repugnaba a su imagen".
El Tiempo también denunció el hecho: "A la hora de
empujar la reelección (el gobierno) se la jugó toda, abandonó anunciados
propósitos de buscar entendimientos por bancadas y revivió la
controvertida política al menudeo (para luchar voto por voto), los
desayunos de Palacio y la discusión sobre inversiones en las regiones. Esa
es una realidad lamentable, que deterioró el balance de la
legislatura".
La reelección permitió verificar que las prácticas
tradicionales se acompañaron de refinadas y supremas formas de
clientelismo, inclusive en áreas del servicio público que no eran cuota de
la clase política, porque la nómina diplomática y consular sirvió de caja
menor para atender las aspiraciones de los familiares más cercanos a
senadores y representantes. Hasta los candidatos presidenciales derrotados
en las urnas por Uribe fueron tenidos en cuenta.
Auxilios parlamentarios
No fueron ajenos al trámite de la iniciativa
reelectoral. Fueron su caja negra. Así lo reconocen altos ex –funcionarios
del gobierno Uribe y calificados medios de comunicación del exterior. Todos
los gobiernos condenan los auxilios en sonoras declaraciones y publicitados
pronunciamientos oficiales, pero todos los utilizan. Por haber sido Ministro
de Hacienda en dos ocasiones (una con Uribe), el Dr. Roberto Junguito habla
con autoridad sobre el tema:
"Es de público conocimiento que en administraciones
posteriores a 1991 (año en que constitucionalmente se prohibieron los
auxilios) se diseñó un sistema de cupos o asignaciones
presupuestales vinculadas con la aprobación de reformas económicas y que
éstos alcanzaron a ser muy cuantiosos… No obstante haber logrado la
primeras reformas económicas de la presente administración (la de Álvaro
Uribe) sin incrementar el presupuesto para satisfacer los apetitos
regionales por medio de auxilios, la realidad es que los congresistas
comenzaron a solicitar adiciones para inversiones regionales como
condición para aprobar el Plan de Desarrollo".
Le faltó agregar al Dr. Junguito que los auxilios a que
se refiere también sirvieron para que el Congreso aprobara la reelección.
Fue lo que digo sin reservas el Dr. Fernando Londoño, ex –ministro del
Interior del Presidente Uribe:
"Es por eso que tiene tan inaudita gravedad la
denuncia que se hace desde tantos sectores, en el sentido de que para la
reelección presidencial se está volviendo a las viejas mañas del
clientelismo y de la politiquería. Se ha dicho, sin que tengamos
rectificaciones contundentes, que desde la Secretaría General de la
Presidencia se han distribuido empleos entre los representantes y los
senadores a cambio de votos, que en eso consistía específicamente una
forma de tráfico de influencias. Por estas mismas ondas de La hora de la
verdad el ex presidente del Senado de la República fue el que denunció
que desde la Secretaría General de la Presidencia se estaban haciendo
favores burocráticos, y ahora surge el espectro, que sería fatal, de una
distribución de auxilios para conseguir la reelección presidencial".
Londoño Hoyos se refería a estas declaraciones de
Vargas Lleras: "Crítico que el Secretario General esté llamando a los
Representantes a la Cámara para crearles expectativas de gobierno. El no
debería estar actuando así. Se equivoca y ese no es el camino….Llamar a
los representantes de manera individual me parece equivocado"
El calificado semanario político Newsweek no se quedó
atrás: "En su propósito de lograr la reforma constitucional, Uribe
acudió al barril de los puercos y el nepotismo para conseguir los votos que
necesitó en el Congreso" Barril de los puercos llaman en
Estados Unidos los auxilios parlamentarios.
Politiquería vs. políticas públicas
De magistrado a candidato, dijimos, es el primer costo de
la reelección. Así ocurre aun antes de que la aspiración del Presidente
en funciones se anuncie oficialmente. Es lo que está sucediendo. El
Presidente Uribe asumió la candidatura y está adelantando la campaña
correspondiente con todas las ventajas que su investidura le confiere.
A quienes se atreven a decir que el Presidente no puede
hacer política desde el cargo (hacer campaña es hacer política) se les
responde que el dr. Uribe simplemente está gobernando y que en todas partes
gobernar es hacer política.
Olvidan los panegiristas del régimen que hacer política
para un gobernante es diseñar, estructurar y ejecutar políticas públicas,
no hacer campañas electorales, ni recorrer el país, acompañado de las
cámaras de la t v. oficial, institucionalizando la política del menudeo en
forma de ayudas asistencialistas y haciendo populismo electoral.
"El Estado repartidor de almojábanas"
Así tituló Alejandro Gaviria, artículo de prensa del
que vale la pena reproducir sus apartes principales:
"A pesar de las peculiaridades locales, la acción
(la comedia, podría uno decir) es siempre la misma. El Ministro de
Protección Social reparte auxilios en efectivo para los ancianos indigentes
y subsidios de salud para la población sisbenizada. La Ministra de Ambiente
y Vivienda entrega subsidios familiares a unos cuantos afortunados. El
Viceministro de Industria y Comercio hace lo propio con los microcréditos.
El Presidente entrega cheques a las madres beneficiarias del programa
Familias en Acción y el Ministro de Agricultura, títulos de propiedad a
los favorecidos por los programas de reforma agraria. Al final, todo
concluye con una ovación para la caravana de reyes magos: una romería que
trabaja todo el año y va a todas partes.
"Los programas mencionados, que en conjunto
conforman el eje del Estado asistencialista, tienen coberturas limitadas, en
la mayoría de los casos inferiores al 30% de la población elegible. Como
no todos los posibles beneficiarios reciben subsidios y como ninguno de los
programas constituye un derecho adquirido, los réditos políticos para
quien entrega los auxilios son inmensos. De allí la importancia política
de los consejos comunitarios. Si todas la familias de estratos uno y dos
fueran acreedoras a un subsidio de vivienda, como ocurre con los subsidios
de servicios públicos, o si todos los ancianos tuvieran derecho a una
pensión de subsistencia, como ocurre en Bolivia, el ejecutivo trashumante
perdería su aureola del señor dadivoso. Pero, en Colombia, los elegidos
superan con creces los elegibles. Y, por lo tanto, los incentivos políticos
para hacer de cada entrega de subsidios un espectáculo televisado, son
inmensos.
"Más allá de las consideraciones políticas, el
modelo actual tiene el inconveniente de haber convertido buena parte de la
política social en una colección de programas dispersos con coberturas
limitadas. Bien valdría la pena eliminar mucha de la dispersión existente
y concentrar los esfuerzos en un solo objetivo: la cobertura universal en
salud, por ejemplo. Pero la nueva lógica política creada por la
reelección apunta en la dirección contraria: hacia más programitas y más
espectáculo. Pues la triste verdad de todo esto es que la repartición de
almojábanas maximiza los votos. Y los votos son los que mandan en la nueva
realidad institucional del país".
La reelección importa mas que el ajuste fiscal
En la historia del país nunca se había tenido un
presupuesto que multiplicara por tres y más los índices de inflación y
crecimiento económico del año anterior. La causa principal de ese
desbordado crecimiento del presupuesto aprobado para el 2005, en relación
con el ejecutado para el 2004, es la reelección: el Presidente y su
Gobierno tienen que hacer la campaña atendiendo, hasta donde puedan, los
requerimientos de las diferentes regiones y sectores de opinión.
La Asociación Nacional de Instituciones Financieras
-ANIF- comentó así el citado presupuesto , antes de que fuera aprobado por
el Congreso: "De la lectura de la exposición de motivos y del
análisis frío de los números se desprende una conclusión: el objetivo de
hacer un ajuste radical en la finanzas públicas ha desaparecido de las
prioridades del Gobierno…Se asume que si el Gobierno tiene especial
interés en financiar la seguridad, por ejemplo, debe sacrificar aumentos en
otras áreas de la inversión pública. No hay tal. Como si no hubiera
restricción presupuestal, tenemos aumentos reales en defensa y seguridad,
pero también en educación, en infraestructura, en fomento y regulación
del desarrollo económico, en vivienda y en espacio público y en
recreación, deporte y cultura. Casi todo es prioritario, menos el ajuste
fiscal".
Comentario parecido hizo la cotizada Revista The
Economixt cuando analizó el pecio de la reelección: "Las muy
necesitadas reformas fiscales puedan quedar relegadas ante los afanes
reeleccionistas. Sin ellas, algunos inversionistas empiezan a preguntarse
cómo hará Colombia para pagar sus deudas".
Los faltantes del presupuesto se cubrirán con nuevas
reformas tributarias y más endeudamiento interno y externo. Por eso la
deuda pública de la Nación seguirá valiendo mas del 50% del producto
interno bruto y su servicio costará mas de lo que valen las transferencias
territoriales, que son las que el Estado central hace a departamentos y
municipios para salud y educación públicas.
Como las incrementadas asignaciones presupuestales no
alcanzan para solucionar tantas necesidades básicas insatisfechas, se cita
a los empresarios a la Casa de Nariño y se les pide (¿ordena?) financiar
programas de vivienda popular que sus beneficiarios sabrán agradecer
electoralmente a los funcionarios que los administren.
Elevados costos económico-institucionales
Las políticas macroeconómicas también están
vinculadas a la reelección. Es lo que han establecido los estudiosos de
estos temas.
"El profesor Alesina ha mostrado que el gasto
público en países donde existe la reelección inmediata aumenta durante el
año electoral. De igual forma, el profesor Rogoff de Harvard ha mostrado
que en países donde el Banco Central no es independiente, tiende a
relajarse la política monetaria en años electorales para generar un
aumento del empleo y favorecer la reelección. Por eso, paradójicamente,
jefes de gobierno muy poderosos que tienen la oportunidad de reelegirse
pueden terminar siendo más miopes y cortoplacistas que los que no tienen
esa opción
"Desde 1968, la gobernabilidad en Colombia se ha
construido alrededor de un Presidente fuerte con amplios poderes fiscales y
control sobre la agenda económica. Si bien esta concentración del poder,
la mayor de Presidente alguno en América Latina, no ha logrado dar
coherencia a la política fiscal , el país ha tenido una tradición de
hacer los ajustes económicos antes de llegar a situaciones de crisis. Una
revisión cuidadosa del proceso de adiciones y recortes fiscales de los
últimos 20 años permite ver que los Presidentes colombianos tienden a
incrementar el gasto al principio de sus gobiernos pero al final hacen los
ajustes fiscales porque carecen del incentivo de la reelección.
"La Constitución de 1991 debilitó a los
Presidentes al hacer autónomos al Banco de la Republica y a la CNTV e
imponer mayores controles a los estados de excepción y de emergencia
económica. Sin embargo, estas instituciones no están blindadas contra
presidentes de ocho años. Si el país opta por la reelección es necesario
hacer más independiente al Banco de la República y la CNTV, empezando
porque el Presidente no pueda cambiar dos de los miembros de sus Juntas cada
cuatro años y que los nominados sean confirmados por el Congreso."
(Jaime Andrés Niño)
Otro analista de estos temas ha escrito en términos
comparables :
" Una de las tesis más conocidas, examinada por
autores como Fair y Tuft, es aquella que sostiene que los mandatarios que
buscan la reelección realizan acciones económicas que favorecen sus
aspiraciones…Si bien la econometría no le da apoyo al ciclo económico
de la política (los gobernantes, antes de elecciones, inducen
expansión de la economía y el empleo con la esperanza de que los electores
agradecidos voten por ellos), en varios países si se ha encontrado fuerte
evidencia de un ciclo presupuestal de la política, es decir, de un
aumento del gasto o de una reducción de los recaudos tributarios antes de
las elecciones. Al respecto, en un trabajo reciente, Brendery y Drazen
encuentran que en las llamadas nuevas democracias, o sea en 36
países con sistemas democráticos jóvenes, sin instituciones fuertes, sin
suficientes checks and balances, sube el déficit en forma considerable en
la época electoral. Por el contrario en los países más desarrollados, con
democracias más maduras, este fenómeno es prácticamente inexistente…
Ahora que el país parece decidido a introducir la figura de la reelección
presidencial, es importante que los congresistas analicen con gran
detenimiento las experiencias y los estudios de otras latitudes, para
adecuar nuestras instituciones a las nuevas circunstancias, pensando, por
supuesto, no sólo en la próxima elección, sino también en el
fortalecimiento de la democracia y de la hacienda pública en el largo
plazo, ojalá en forma independiente de las distintas opciones políticas.
Al respecto, ya se cuenta, por fortuna, con un banco central autónomo, que
puede asegurar que la oferta monetaria no se manejará en forma oportunista,
con criterios de corto plazo; por otra parte el país ha contraído
compromisos internacionales que podrían poner cortapisas a la generación
de un agudo ciclo presupuestal de origen electoral" (Armando
Montenegro)
Como se anotará a continuación, en vez de hacer mas
independiente el Banco de la República, la reelección acaba con la
autonomía de su Junta Directiva.
Otros costos institucionales
Uno de los grandes logros de la Carta del 91 es la
autonomía de la Junta Directiva del Banco de la República, entidad que,
como se sabe, es la máxima "autoridad monetaria, cambiaría y
crediticia" del país. Recuérdese también que las operaciones que
financien el gobierno requieren la aprobación unánime de dicha Junta.
Con el propósito de fortalecer esa autonomía, la
Constitución y la ley disponen que la designación y renovación de sus
miembros, por parte del gobierno, se haga parcialmente. Así se garantiza
que ningún Presidente, durante los cuatro años de su período, nombre
todos los miembros de la Junta y se evita que el Banco sea un instrumento
más de las políticas económicas del gobierno.
La reelección asegura todo lo contrario: que Presidentes
de 8 años designen la totalidad de los miembros de la Junta. Por esa vía,
también nombrará al Gerente del Banco. El Gobierno contará con la Junta.
Le será fácil conseguir que sus políticas sean las del Banco. No tendrá
que presionarla, que es lo que hasta ahora ha hecho sin lograr convencerla,
según lo revelaron recientemente dos ex –miembros de ella. Lástima que
esas revelaciones no las hubieran hecho mientras formaron parte de la Junta.
Como el Fiscal General de la Nación es designado para
períodos de 4 años de terna que elabora el Gobierno, y el Presidente en
funciones integrará las correspondientes a los años 2005 y 2009. A los dos
Fiscales que en los años citados se nombren, corresponderá investigar los
altos funcionarios de los dos Gobiernos Uribe.
Otro tanto ocurre con el Procurador General que es
designado por el Senado de terna que integran el Presidente, la Corte
Suprema y el Concejo de Estado. Álvaro Uribe concurrió a la integración
de la terna en el 2004 y lo hará en el 2008.
En razón de lo dicho es que Carlos Caballero Argáez,
que fue miembro de la Junta Directiva del Banco Emisor, anota que la
reelección tiene "consecuencias institucionales que se han pasado por
alto, entre ellas, el mayor poder del ejecutivo frente a entidades
independientes, cuyos directivos tienen un período fijo de cuatro años. Es
el caso de la Junta Directiva del Banco de la República o de la Fiscalía
General de la Nación, para no mencionar otros…lo cual va en contra de los
contrapesos y la independencia de las instituciones. Corregir esta
situación implicaría reformar la Constitución, lo que ya en esta ocasión
no se hizo y quién sabe si exista el ánimo futuro para hacerlo. Los
inversionistas nacionales y extranjeros no deberían ver con buenos ojos
este cambio de las reglas de juego"
Ni los inversionistas ni los analistas a los que ellos
acuden ven bien las consecuencias de la nueva figura :"Con la reforma
política para aprobar la reelección, Colombia se convierte en un país
menos atractivo. Contrario a lo que la opinión general podría creer, el
hecho de que el altamente popular Presidente Uribe pudiera resultar
reelecto, no es una garantía para atraer a los mercados mundiales" (
Juan F. Muñoz).
El poder es para poder
El acto legislativo 02 de 2004 permite que los
funcionarios públicos hagan política. Sin embargo, tuvo el buen cuidado de
repetir que la fuerza pública no es deliberante y que sus miembros no
podrán "intervenir" en actividades o debates de partidos o
movimientos políticos.
En Colombia siempre se ha considerado que la paz, la
convivencia ciudadana y la preservación del Estado de derecho exigen la
imparcialidad de las fuerzas armadas, razón por la que se les prohíbe
participar de modo alguno en política. Así se evita que pongan el
ejercicio de sus atribuciones y los instrumentos de que disponen -nada menos
que las armas– al servicio de ninguna causa electoral. A sus miembros ni
siquiera se les concede el derecho al voto.
El acto legislativo 02 conserva el principio porque lo
considera esencial para el mantenimiento de la estabilidad institucional del
país. Sin embargo, le abre un boquete o tronera porque permite que el
Presidente participe en las actividades que su partido o movimiento
político adelante para la escogencia de su candidato a la Jefatura del
Estado y luego, en la campaña electoral que decidirá si ese mismo
Presidente continua en el poder o no, en campaña que para él define su
vida o muerte política.
Quienes redactaron ese acto legislativo olvidaron que por
Constitución al Presidente corresponde "dirigir la fuerza pública
y disponer de ella como comandante supremo de las fuerzas armadas de la
República", "dirigir las operaciones de guerra cuando lo estime
conveniente" y "declarar la guerra con permiso del Senado o
hacerlo sin tal autorización". Ese pequeño olvido hizo que
aprobarán un texto que desarticula y desequilibra todo el régimen
constitucional de la fuerza pública y le introduce, por la puerta de
atrás, el virus de la política. Todo ello sin ninguna garantía ni control
que evite poner los efectivos, cada día mayores, de las fuerzas armadas al
servicio de los intereses político-electorales del Presidente- candidato.
No podía ser rueda suelta
Lo anotado hasta ahora no quiere decir que el tema de la
reelección fuera prohibido y no pudiera tratarse. Podía plantearse si, a
través suyo, se perseguían propósitos políticos claros y se tramitaba
con la reflexión que el asunto merece: mejorar el sistema democrático,
garantizar gobernabilidad y asegurar la continuidad que no se pueda
conseguir por otros medios de las políticas y programas cuya ejecución
demanda tiempo superior al de un período presidencial.
La propuesta reelectoral nunca tuvo ese enfoque. Trató
el tema como pieza suelta dentro del ordenamiento institucional.
Predominaron la coyuntura y la "ecuación personal". Pensó
únicamente en la próxima elección, la del 2006. Lo que ocurra después,
no interesó a los autores de la iniciativa. Seguramente pensaron que más
adelante tendrían tiempo para analizarlo.
No se consideró la reelección como punto de partida de
la gran reforma política que la Nación requiere. No se concibió como
pieza –maestra de esa reforma. La iniciativa que tramitaron las Cámaras
era pobre. Tenía una visión recortada del futuro político del país.
Olvidó que el ordenamiento institucional de los sistemas democráticos es y
debe ser integral, compacto y coherente.
Si se quería tratar el tema, había que darle otro
enfoque, que tampoco podía ser el de reemplazar el régimen presidencial
por uno parlamentario, que apareció como "sutil torpedo a la
continuidad uribista" (El Tiempo). Tampoco se podía prorrogar el
período en curso. Era necesario despersonalizar el tema y proponer
fórmulas distintas.
El régimen parlamentario no es solución.
López Michelsen lo ha defendido en varias escenarios:
"Colombia es víctima del sistema presidencial... el exceso de poderes
con que cuenta el Jefe del Estado está asfixiando al país... la
meritocracia tampoco se aplica al servicio diplomático... (lo que conviene)
es nombrar un Presidente anodino como el de Francia o Alemania, que son como
Reyes sin Corona, y un primer ministro, con todo el poder político, que
cuente con el respaldo del Parlamento y pueda ser reelegido no una, sino
veinte veces... de la constitución del Parlamento surgiría, para ser
designado por el Presidente de la República, el jefe del gobierno, con el
carácter de primer ministro... Es un hecho la impopularidad de la
reelección en el futuro inmediato... Cuenten conmigo los amigos de que siga
Uribe pero no por la vía que han escogido de modificar las reglas de juego,
apegándose al tema de la sucesión presidencial, sino como Primer Ministro,
que durará cuanto dure su popularidad, que puede renovarla convocando a
elecciones o produciendo una crisis ministerial, pero todo esto siempre
sería dentro de las instituciones parlamentarias existentes para entonces, sin
cambiar las reglas del juego en la mitad del camino". (subrayas
fuera de texto)
En contra de lo que piensa el ex –Presidente, en
Colombia el régimen parlamentario perpetuaría en el poder un partido o una
coalición de partidos, y, en el extremo opuesto, generaría permanente
inestabilidad gubernamental. Para probarlo conviene recordar:
1) Que la esencia del régimen propuesto radica en la
posibilidad que tiene el parlamento de tumbar el gobierno mediante la
llamada moción de censura, y, como contrapartida, la facultad que se
le concede al gobierno para disolver el parlamento y llamar a nuevas
elecciones, o sea revocar el mandato de los parlamentarios y convocar
elecciones anticipadas. A veces, sin que se haya aprobado la moción de
censura, el gobierno disuelve el parlamento porque considera que el momento
le es favorable y cree que nuevas elecciones le permitirán consolidar y
ampliar sus mayorías.
2) Que el mejor funcionamiento del régimen parlamentario
exige la presencia de dos partidos disciplinados, que recojan la voluntad
política ampliamente mayoritaria de la opinión y consigan que sus elegidos
se comporten como bancada. Laboristas y conservadores en el Reino Unido,
socialistas y populares en España, socialistas y demócratas cristianos en
Alemania.
Uno de esos dos partidos gana las elecciones, elige la
mayoría de los miembros del parlamento y escoge como primer ministro a su
jefe. El gobierno ejerce el poder mientras cuente con el respaldo de las
mayorías parlamentarias. Si no obtiene la mayoría absoluta, consigue el
apoyo de uno o varios partidos pequeños, que hacen las veces de
partidos-bisagra o partidos-báscula. Con los votos de éste o éstos,
completa la mayoría que requiere para gobernar.
3) Que la estabilidad gubernamental es producto de la
disciplina con que voten los parlamentarios a favor del gobierno que actúa
a nombre suyo. Por ello prácticamente nunca aprueban una moción de
censura. Aunque pueden hacerlo en cualquier momento, no lo hacen porque se
caería el gobierno que respaldan. La aprueban y el gobierno se cae cuando
su partido está en crisis, se ha dividido y no logra que sus parlamentarios
voten disciplinadamente. Lo mismo ocurre con la disolución del parlamento:
sólo excepcionalmente se decreta. La moción de censura y la convocatoria a
nuevas elecciones hacen las veces de armas disuasivas que sirven a los dos
poderes para "amenazarse" mutuamente (para hacerse pasito).
4) Que los parlamentos sólo tumban el gobierno cuando el
partido que lo apoyaba no logra superar sus dificultades internas y decide
"suicidarse" políticamente. Los gobiernos se caen porque se
desgastan y desprestigian por sus equivocaciones, o porque el simple paso
del tiempo les hace perder el respaldo mayoritario de la ciudadanía y no
logran repetir en las urnas las mayorías con que contaban.
5) Que quien escoge el primer ministro y decide la
conformación del gobierno es el ciudadano con su voto. El parlamento
simplemente recoge la voluntad popular expresada el día de las elecciones,
la protocoliza y la convierte en actos suyos. El poder real está en manos
de los electores. Esa la razón para que Burdeau sostenga que en el régimen
parlamentario, un partido gobierna; el otro, controla y hace oposición; y
el pueblo, arbitra las diferencias que hay entre esos dos partidos.
Gobierno de período fijo
Lo anterior explica por qué los gobiernos, en los
regímenes parlamentarios, son gobiernos de período fijo. Gobiernos de
legislatura se dice. El pueblo los escoge en las urnas y ejercen el poder
por el período constitucional para el cual se elige el parlamento
(generalmente 5 años). Durante ese lapso ni el parlamento los tumba ni el
jefe de Estado decreta la disolución. En las próximas elecciones, que
tienen lugar al vencimiento de dicho período, el pueblo, en las urnas,
reelige el gobierno, o cambia la mayoría parlamentaría, lo que da lugar a
la conformación de un nuevo gobierno.
Sólo muy excepcionalmente el gobierno dura menos tiempo.
Para que así suceda se necesita que el parlamento apruebe una moción de
censura, lo cual no está dispuesto a hacer, a menos que haya una gran
crisis política. A veces, inclusive, la aprueba pero no para cambiar el
gobierno sino para conseguir que se hagan ajustes en la composición del
gabinete. Se van unos ministros y llegan otros que representan tendencias
distintas en el partido mayoritario o partidos nuevos que entran a hacer
parte de la coalición gobernante.
Así como el parlamento no aprueba la moción de censura,
el ejecutivo tampoco decreta la disolución. A veces disuelve, sin tener
necesidad de hacerlo, porque no ha sido censurado, pero cree, sin embargo,
que le convienen nuevas elecciones. Espera ampliar sus mayorías y empezar
un nuevo período de 5 años. Confía, por ejemplo, en las encuestas y
precipita las elecciones. Fue lo que hizo Chirac en 1.997. A pesar de que
tenía mayorías en la Asamblea Nacional elegida dos años antes y el primer
ministro era de su partido, jugó a ganar y a contar con gabinete amigo por
5 años mas. Contra todos los pronósticos, perdió con Jospín, y, por eso,
tuvo que "cohabitar" con los socialistas durante el período 1997-
2002.
Inestabilidad gubernamental
Cuando en vez de bipartidismo, hay multipartidismo, y la
disciplina de partido es laxa, el régimen parlamentario produce
inestabilidad gubernamental y desorden político. Fue lo que ocurrió en
Francia durante la Tercera y Cuarta Repúblicas. Entre 1871 y 1940, es decir
durante 70 años, hubo 107 gobiernos distintos. Y más de 20 entre 1946 y
1958. Y entre 1962 –año en que empezó a elegirse popularmente el
Presidente de la República- y 1992, hubo 23 gobiernos. Así ha ocurrido
porque no hay todavía un bipartidismo sólido. El sistema lo sostienen dos
grandes coaliciones. Una de derecha y otra de izquierda. Claro que algunos
de estos 23 gobiernos tan sólo se constituyeron para introducir cambios en
la nómina ministerial, a consecuencia de decisiones políticas en las que
no intervino el parlamento.
Italia también es ejemplo de inestabilidad gubernamental
en razón del multipartidismo que caracteriza su vida política. Entre 1946
-año en el que se fundó la República- y 2004 ha tenido 59 gobiernos. En
promedio, uno al año. Hubo uno, en 1972, que duró 10 días. El de
Berlusconi, que cumple ahora cuatro años, es hasta ahora el de mayor
duración. Cuando la Democracia Cristiana era mayoritaria gobernaba sola y
el gobierno cambiaba por la lucha que en su interior libraban las tendencias
y corrientes en que se dividía. Otras veces gobernaba en coalición con
pequeños partidos que, con la misma facilidad con que concurrían a la
formación de un nuevo gobierno, lo tumbaban si no se atendían sus
exigencias.
Reinarían los "barones electorales"
En Colombia no existen las condiciones políticas que
permitan organizar moderno y eficiente régimen parlamentario. Sus
consecuencias serían contrarias a las que con él se persiguen por sus
promotores (continuidad y estabilidad gubernamentales, modernización
política, oposición organizada).
El bipartidismo desapareció. La realidad colombiana es
multipartidista. No lograrán sobrevivir las 70 organizaciones que hoy
tienen personería jurídica, pero, sí, por lo menos, mas de cinco. La
disciplina política tampoco existe ni se conseguirá mediante reforma
constitucional. Como los congresistas definen la línea política que los
partidos deben seguir, porque son sus "dueños", serán senadores
y representantes, actuando como instancia superior del partido, quienes
decidan cómo debe votar la bancada de que hacen parte. En ningún caso los
parlamentarios desconocerán las directrices del partido; ellos mismos
habrán decidido cómo debe votarse en cada caso.
Los instrumentos que tiene el gobierno para
"convencer" a los parlamentarios seguirán siendo los mismos de
hoy aunque el régimen se vuelva parlamentario. No perderán la eficacia y
el poder de persuasión que siempre han tenido. Por esa elemental razón el
Congreso nunca ha aprobado una sola moción de censura, aunque la Carta del
91 le permite hacerlo en relación con los ministros. Apenas lo ha intentado
en algunas ocasiones.
López Pumarejo en 1937 y Lleras Restrepo en 1968
renunciaron a la Presidencia porque el Congreso, en el primer caso, no
tramitaba proyectos de ley que interesaban al gobierno, y, en el segundo, no
aprobaba artículos de la reforma constitucional que el Ejecutivo
consideraba importantes. La "presión política" ejercida por la
renuncia surtió los efectos que con ella se habían buscado: las Cámaras
aprobaron los proyectos de ley y los artículos de reforma constitucional
que el Gobierno quería.
Que el gobierno pueda disolver el parlamento y convocar a
elecciones es instrumento que le permitiría al ejecutivo
"someter" el Congreso, conseguir la aprobación de todas sus
iniciativas y evitar incómodos debates de control político. La simple
amenaza de que se puedan adelantar las elecciones será suficiente para que
senadores y representantes se "aconducten". Ninguno querrá
"hacerse contar" antes de tiempo. Preferirán
"comportarse" antes que incurrir en los gastos y correr los
riesgos propios de toda campaña.
Uribe fue elegido después de ofrecer que revocaría el
mandato de los congresistas y convocaría a nuevas elecciones. Nunca lo hizo
pero la mera posibilidad de que así sucediera, fue suficiente para que el
Congreso del 2002 aprobara las reformas tributaria, pensional y laboral que
le interesaban al Presidente, así como la ley que lo autorizó para
reestructurar la administración.
Apoyos mutuos. ¿Un nuevo PRI?
Al gobierno le interesará que en las elecciones
parlamentarias triunfen las mayorías (partido o coalición) que lo apoyan.
Se empleará a fondo para lograrlo. Una vez que esas mayorías regresen al
Capitolio, "reelegirán" al primer ministro que les ayudó a
renovar su credencial. Esa "reelección"se producirá cuantas
veces el ejecutivo quiera que suceda, aunque las mayorías gubernamentales
hayan sido derrotadas en las urnas. A las nuevas mayorías les quedará
fácil "acomodarse". De la nueva alianza harán parte muchos de
los que integraron la anterior. Los cambios serán pocos.
En la forma anotada se desconocerá el resultado de las
urnas que en el régimen parlamentario son las que cambian el gobierno. En
Colombia, aunque el gobierno pierda las elecciones, puede seguir siendo
gobierno. Nada garantizará que se forme uno nuevo. El Congreso bien puede
decidir que continúe el que venía, o que se le hagan cambios menores. Tan
sólo los que se necesiten para "armar" coalición distinta, o la
anterior "recompuesta".
Si se quiere trabajar con la hipótesis contraria -el
Congreso será el centro del poder político y no se dejará presionar ni
manosear por el gobierno- los resultados del régimen parlamentario también
serían funestos: cada vez que el partido de gobierno, o una de las fuerzas
que haga parte de la coalición mayoritaria, encuentre que no se satisfacen
debidamente sus pretensiones, tumbará el gobierno, para lo cual le bastará
con aprobar la correspondiente moción de censura.
Si estos terminan siendo los desarrollos del nuevo
régimen, a los parlamentarios les quedará muy fácil conformar un
verdadero PRI, es decir un partido que concentre en sus manos la vida
política del país, la monopolice, oriente y defina. Hará las veces de tal
un partido claramente mayoritario o la sólida coalición que lidere una
persona o una organización.
Ese nuevo PRI mandaría en el país como manda el Concejo
de Cartagena en la ciudad amurallada. En La Heroica se dice que gobierna
"el partido de los concejales". Lo conforman quienes tienen curul,
sin consideración al partido o movimiento del que, formalmente, puedan
hacer parte.
Lo anterior explica porqué nunca se ha aprobado en el
país el régimen parlamentario, aunque varias veces se ha propuesto.
Siempre ha sido claro que las instituciones no pueden ir en contravía del
temperamento y la manera de ser de la Nación, de su realidad política.
No se podía prorrogar el período en curso
También se propuso prorrogar dos años el período del
Presidente Uribe, en vez de autorizar la reelección. La iniciativa no
prosperó por las mismas razones políticas por las que no fue viable la
prórroga que en ocasiones anteriores se recomendó para el período de
alcaldes y gobernadores. Tampoco era posible hacerlo porque la Corte
Constitucional tumbó la pregunta del referendo que prorrogaba el período
de las autoridades departamentales y municipales. Las consideraciones de la
Corte fueron de este tenor:
- "... este tipo de preguntas ... no someten a
consideración del pueblo una norma abstracta e impersonal, que es lo propio
de las reglas constitucionales, sino que constituyen actos electorales
específicos, pues amplían o reducen el período de un grupo particular de
gobernantes... ese tipo de preguntas no pretende estructurar un régimen
parlamentario que hacia el futuro permita adelantar elecciones... tampoco
plantean un mecanismo de revocatoria del mandato... están destinadas a
recortar o alargar el período de un Congreso o de unos mandatarios que
fueron electos para un término determinado...
- "...la revocatoria del mandato... o su
prolongación no pueden hacerse por medio de referendo sin que previamente
haya sido modificado el régimen constitucional que rige la relación entre
los ciudadanos y los elegidos y sus períodos...
- "...las anteriores prohibiciones de que la Carta
sea modificada por medio de actos electorales o plebiscitarios, no son
elemento tangencial del régimen constitucional... sino desarrollo básico
de la idea misma de Estado de derecho y de régimen constitucional. La
aspiración de un régimen de este tipo es instaurar un gobierno de leyes y
no de personas, a fin de proscribir la arbitrariedad. Esto supone que la
sociedad y los gobernantes se sometan a reglas adoptadas por procedimientos
democráticos... es de la esencia de una regla o de una norma tener una
pretensión mínima de universabilidad... para tener la naturaleza de regla,
ella debe regular de la misma manera todas las situaciones concretas y
precisas, esto es, debe ser universal pues se aplica a todos los casos
iguales. Una regla no puede ser puramente ad hoc..."
- "...la revocación o ampliación del período de
funcionarios electos para un lapso determinado, sin que exista un
procedimiento reglado para tal efecto, es contraria a la idea más elemental
de Estado de derecho y de constitucionalismo...".
Propuestas viables y realistas
La reforma política que requiere el país exige ir mucho
mas allá de lo que decidieron los amigos del Presidente: derogar la norma
que prohibía la reelección. Exige que se garanticen la legitimidad y la
gobernabilidad de todo el sistema, y no tan sólo la continuidad de
programas y proyectos, que es apenas un capítulo de la gobernabilidad y que
se puede y debe garantizar a través de mecanismos diferentes a la
reelección. Esa gran reforma debe relegitimar el sistema y asegurar su
gobernabilidad. En buena medida la ofreció el Presidente durante la
campaña pero la dejó entre el tintero y prefirió darle prioridad a la
reelección.
Mientras esa reforma de fondo volvía a ser prioritaria
los temas relacionados con la duración del período presidencial y la
reelección podían tratarse, pero había que hacerlo con responsabilidad y
seriedad. Convenía a todos evitar los estropicios políticos e
institucionales de la reelección inmediata.
Dentro de esa óptica debían estudiarse propuestas
distintas. Por ejemplo, ampliar el período del Presidente y el Congreso a 5
años, autorizar la reelección con intermisión de por lo menos un período
y permitir la aspiración de quien se retire del cargo un año antes de las
elecciones.
Ampliar el período presidencial
No se puede menos que estar de acuerdo con lo que
afirmaron los ponentes de la iniciativa en el Senado: "Es claro que
si la duración de la Presidencia fuera más prolongada, una reelección
resultaría en realidad innecesaria". Por ello, y por las
múltiples razones aquí expuestas, en vez de autorizar la reelección, lo
que convenía era ampliar a cinco años "la duración" tanto de la
Presidencia como del Congreso.
La reelección, en la práctica, establece un período de
ocho años. ¿Qué conviene más al país y a su sistema político:
períodos de 8 o de 5 años? Sin duda, los segundos. Garantizan mejor la
alternación, el relevo y la rotación en el poder de partidos y personas,
valores esenciales de toda organización democrática, sobre todo en
sociedades que cambian acelerada y vertiginosamente como la colombiana.
Esa ampliación se ha propuesto en varias ocasiones. En
la Constituyente del 91 se aprobó en primer debate. No tuvo la votación
calificada que requería en plenaria. Ahora la oportunidad era propicia para
decidirlo porque en ello coincidían amigos y enemigos de la reelección
propuesta.
Período de 5 años es el que más se utiliza tanto en
regímenes parlamentarios como presidenciales. Períodos mayores son
difíciles de encontrar porque se considera que por lo menos cada 5 años el
pueblo debe pronunciarse sobre las políticas que se están ejecutando y
decidir si las conserva u ordena otras que, a su juicio, se ajusten a los
cambios intervenidos en la sociedad. Francia tenía período de 7 años pero
lo redujo a 5 desde el año 2000.
En América Latina el período de 4 años es el que más
se aplica. Sólo 3 países tienen establecido uno de 6 años. En los
últimos tiempos algunos lo han recortado de 6 a 5 o a 4, o de 5 a 4.
Argentina lo redujo de 6 a 4 y Chile está haciendo lo mismo. Sólo dos lo
ampliaron de 4 a 5 o 6 años. El último de estos casos es el de Venezuela,
que lo hizo a iniciativa del Coronel Chávez.
El nuevo período de 5 años sólo debe regir para
quienes sean elegidos después de aprobada la reforma. Esa la razón para
que se hable de ampliación de nuevos períodos y no de prórroga de los que
estén en curso. La Corte Constitucional rechazó, como se dijo antes, la
prórroga de períodos que el referendo pretendía hacer del que había sido
otorgado por el pueblo a gobernadores, diputados, alcaldes, concejales y
ediles.
Esa ampliación hubiera regido, entonces, a partir del
2006 o del 2010. En esta ultima hipótesis, la iniciación de cada
quinquenio coincidiría con el comienzo de cada uno de los lustros del siglo
veintiuno. Además, empezaría a aplicarse cuando se cumplan 100 años de la
afortunada reforma de 1910.
Autorizar la reelección no inmediata
La reelección "con intermisión", como se
decía en las Constituciones del siglo diecinueve, no tiene los
inconvenientes y problemas que genera la inmediata. Fundamentalmente porque
no es lo mismo hacerse reelegir sin solución de continuidad, con el aura
del poder, mientras se ocupa el Solio de Bolívar, que intentarlo cuando se
ha dejado el gobierno y han pasado uno o dos períodos presidenciales,
cuando se han evaporado las glorias del poder. El clima y el ambiente
políticos son bien distintos. El estado de ánimo de la opinión,
igualmente, porque puede decidir con mayor libertad, sin los
condicionamientos creados por las situaciones que deliberadamente se hayan
creado desde el poder. Puede decidir sin presiones de ninguna clase y con
mayores elementos de juicio.
Con reelección inmediata, en el país no se habría
producido la renovación política que ha tenido lugar en los últimos tres
lustros y que, para estos efectos, está representada en la elección
sucesiva de cuatro presidentes menores de 50 años (Gaviría, Samper,
Pastrana, Uribe).
Reelección para quien se retire del cargo antes de las
elecciones
La norma del 86 que exigía al aspirante retirarse del
cargo 18 meses antes de las elecciones aseguraba que no se pusieran "al
servicio de la reelección las influencias y el prestigio del puesto".
Los Delegatarios buscaron "evitar (que el Presidente) haga del puesto
un agente de la reelección". Tuvieron claro que las trabas se
establecían "precisamente porque se teme que abuse".
Esas razones siguen siendo válidas. Ahora tienen más
peso que en 1886 porque hoy el poder del ejecutivo es mucho mayor que hace
120 años y la capacidad de coacción y manipulación, por parte de los
funcionarios, más refinada, y, por tanto, de mayor eficacia.
Por ello, si se amplía el período a 5 años bien
podría establecerse que quien quiera la reelección debe retirarse de la
Presidencia un año antes de las elecciones. Habrá tenido 4 para probar
qué clase de gobernante es. Adelantará la campaña sin las ventajas que el
poder confiere. En principio, en igualdad de condiciones con los demás
aspirantes. Tendrá que hacer acopio de su talento político y no de los
"eficaces" instrumentos gubernamentales de que dispone quien
ejerce el mando.